Calma

La estatua inmóvil al silencio inspira
y en torno vierte su fulgor de diosa,
tan muda como el agua misteriosa
de la profunda fuente en que se mira.

Luchando el alma, en su dolor aspira
a esos silencios para ser dichosa,
y augustamente entre los dos reposa
con noble gesto de callada lira.

Nívea nube en la fuente se refleja
y más inmóvil a la linfa deja
al cruzar por el diáfano paisaje

de alma, fuente y estatua, con anhelo
de darle a aquel espejo su mensaje
de la feliz serenidad del cielo.

Ángel de Estrada


Cuento de Navidad

Si se pregunta:—¿hay aquí penas?—de fijo que, echando los ojos sobre la muchedumbre, se responde:—ninguna. Aquello se antoja un jubileo de la felicidad, en que las almas y los rostros tienen su parte.

Las bombas arrojan pálida luz eléctrica, formando los anillos fantásticos de una serpiente blanca.

La ola mayor de gente brujulea ante las vidrieras recién puestas, y se estrujan hombres y mujeres, abriendo la boca con seriedad, o riendo con la buena risa de los despreocupados.

La noche no ha podido templar el calor del día, y los sombreros, refugiándose en las manos, dejan al aire cráneos con el pelo al rape, y jopos y melenas y calvas relumbrosas.

Frente a lo de Burgos luchan por no ser disueltos varios círculos de oradores. Un órgano piano lanza en giros elegantes las cascadas de sus notas alegres. La animación acrece; brillan más los grandes avisos con sus letras de luces en los arcos; y todos llevan adentro, miran en el aire, sienten en la música, algo intangible, inexpresable, que murmura felicidad, dice olvido, se envuelve en una esperanza, y es.... ¿quién lo sabe? Se acerca la Noche Buena.

* * *

En un grupo de frescas muchachas, camina Marta, alegre, con su vestido nuevo. Lleva a Mimí, al charlatán Mimí, de la mano, y nadie imagina las penas y ternuras que unen sus dos manos enlazadas.

Mimí se olvida de su dolencia, deslumbrado y absorto; todo es lindo en verdad, pero nada tan lindo como aquello.

Dos grandes jarrones de ónix lucen caprichosas flores de invernáculo, envueltos en reflejos azules y de tornasol apagado.

A manera de palios o de fuentes de las mismas flores, saltan por aquí, por allá, hojas esmeraldinas o con tonos de zafiro. Entre frescos musgos, se yerguen dos columnas de bronce, y, surgente de los mecheros de sus lámparas, la luz eléctrica se difunde suave, con el matiz rojo de artísticas pantallas. Las blondas caen, y dos hadas pulsan la cítara, casi intangibles en su trono, ideales en los pliegues de sus mantos, cubiertas por rosas, que lanzan querubes tejidos en los encajes.
Mariposas suspensas por hilos invisibles, derraman en el ambiente la gloria de sus colores, y revolotean sobre los estuches abiertos, amueblados por miniaturas de porcelana. Y allá en el fondo, entre los tonos de las hojas exóticas, trovadores, estudiantes, Mignones; cabezas rubias, cabezas empolvadas, marquesas de Versalles, musmets del Japón, Margaritas y Ofelias; un encanto de la fantasía alrededor de una mesa presidida por Polichinela, que agita platillos y cascabeles, como riéndose de los que miran y sueñan sobre aquellas caras de biscuit, torsos y vientres de aserrín...
Mira —murmuró Celia; y Marta vió en la vidriera de en frente, entre reflejos de espadas y puñales, la imagen de D. Pancho Viale.
Erguido dentro de su traje, firme en su paso de hombre opulento, envuelto en humo de cigarro, pasaba sin que nadie le dijera: — mira — cuando ella apretaba la mano de Mimí, con rabia y dolor.

— Me voy —dijo a Celia, y se perdió en la multitud, con los ojos entornados: huía del fulgor de las tiendas que vibran con vértigo la palabra del lujo. Y Mimí, siguiéndola apenas, sin entrever su amargura, se prometía ser bueno: ¿porqué Melchor, Gaspar ó el otro, el Negro, no habían de poner a Polichinela en su cama de niño pobre?...
* * *

Un casal de mirlos, con gorjeos intermitentes, saluda a la nueva mañana, y el calor pica derramando efervescencias vitales. Desde el último piso de la casa, bajo el techo de caprichosas pizarras, se domina el barrio. En la calle, en las espaldas del río, en el cielo de azul purísimo, todo es encantador como la sonrisa de la infancia alegre.

La ciudad despierta, y Marta, que ha velado a su hijo, no duerme. Brilla en sus ojos llanto, tan conocido de las humildes paredes; y siente ecos fúnebres en el silbato del tren vibrante. Cree sentir en las sienes los latidos del corazón del niño y le oye, en la fiebre, murmurar palabras incomprensibles. Está sola. Las cartas que escribió pudieron ser firmadas por el desaliento ¡tantas veces ha escrito inútilmente!... El sol se mofa, riendo en el pobre cortinaje; una bujía arde frente a un santo, y tres golondrinas cortan el aire azul, persiguiendo en el regocijo del vuelo los repiques de un campanario.

* * *

¡Qué lindo espectáculo! — exclamaba un joven, del brazo de su pareja— mire! y con el gesto y la sonrisa, señalaba el enjambre de chicuelos que se revolvía alrededor del árbol.

De sus ramas pendía la felicidad en forma de reverberos, farolitos y juguetes: flotaba sobre las cabecitas luz de encanto. Se repartían los objetos, y eran de ver las risas y decepciones, y el trajín de las madres en arreglar con sus dedos los rulos revueltos, o estirar los trajecitos ajados.

Ah! la Noche Buena de los niños! Tiene no sé qué fragancia de rosales nacidos en tierra bendita. ¡Gozadla, criaturas! Un antiguo zorzal canta en las ramas de vuestro árbol, y dice cosa alegres que rozan nuestra frente con un dejo de honda melancolía.

Don Pancho Viale, algo de esto sintió quizá, porque mirando a una señora que besaba a su hijo, exclamó: — qué preciosura! — y como la señora respondiese: — no tanto, no exageréis! — él agregó: — ah! los muchachos han sido siempre mi debilidad!

No se pudo oir más: una voz sobresalía con notas de falsete.

Era el de la voz, dueño de un metro de estatura tirada a plomo sobre los pies, y su interlocutor, con aire bonachón, le oponía su enorme vientre.

— He ahí un emblema, amigo mío. Ved ese árbol y decidme si podría resistir un viento, y eso es nuestro progreso. Edificado en el aire, todo en él es postizo: reverberos, dijes, juguetes de Francia, juguetes de Inglaterra: ¡dónde está la flor, el fruto espontáneo de la planta firme en la tierra, podada, regada! ¿dónde? ¿decid?... Qué había de decir el otro que cogido de un brazo suspiraba por algo con hielo, interrogando a las paredes por una puerta salvadora.

* * *

Mimí se ha muerto como se mueren muchos niños: la vida se venga del prófugo despidiéndole con atroces dolores. Después lo pálido les presta sobrenatural belleza, de más allá de la muerte, quizá del cielo.

Marta se ha dormido; el condenado duerme aún antes del suplicio y sueña con la vida. Ella sale de un templito radiante y se alboroza con el santo júbilo.

La Virgen besa al prodigioso Niño, que arrancó suspiros a la tierra, y nace inundándola de esperanzas inefables. Los pastores van murmurando villancicos perfumados como lirios de Idumea, y oraciones elocuentes como el puro amor.

Rumores de roces ideales encantan el pesebre, y en la plácida noche se difunde, con aleteos de ángeles, armonía maravillosa. Allá en el coro divino, Mimí transfigurado, canta, canta feliz. Marta llora, y él se escapa del coro: — ¿por qué sufres? mira qué lindo tu Mimí, y cómo puede volar.

Pero ella gime más; desea verle con sus rulos y su traje y no con esa luz divina, que lo aparta de su corazón; y él entonces se ríe, se vuelve el antiguo Mimí, y llenándola de gloria, dice:

— Tonta, si era una broma!

Marta despierta; alguien habla:

— ¡Parece que está dormido!

— Ah! el cajoncito azul, las velas llameantes, las flores cariñosas de las amigas del taller... un sollozo desgarrador llenó la bohardilla.

* * *

— Ya lo sabéis — dijo la presidenta.

— Son mil pesos — repitió la tesorera.

Las damas se miraron; parecían recogerse en el remordimiento de las cédulas no vendidas.

— ¿Qué resolvéis? Supongo que llenar el déficit a escote.

Nuevo silencio. La presidenta tocaba el piano con un dedo sobre la mesa, y la tesorera sacó la cuenta: — Costando a cada marido cien pesos; falta uno.

— Negocio concluido; agreguen a D. Francisco Viale; no se negará para una fiesta de Noel; yo misma le he oído decir: los muchachos son mi debilidad.


«La Conferencia» aplaudió una memoria tan feliz y tan práctica.

Ángel de Estrada




La máscara

Aparto el libro. Desde la mesa de trabajo contemplo, entre el humo del cigarro, una estatuita de Minerva.

El casco de bronce cubre su helénica cabeza varonil, y su recio pelo de bronce se escurre por el casco sobre sus hombros admirables. Con una mano embraza el escudo, y con la otra sostiene una Victoria que ofrece un gajo de laurel. En el pedestal, un bajo-relieve evoca las Panateneas, con sus teorías de ancianos y de vírgenes, sus ofrendas, sus misterios y sus símbolos.

Sobre su rostro han puesto un antifaz de Carnaval, y así veo sus ojos a través de los ojos de terciopelo negro.

Canta el bronce:

— Salí con mis armas de la cabeza de Júpiter, al golpe del hacha de Vulcano. Fuí griega de corazón, y en Atenas me hice diosa. Amé a sus labradores, les dí castas mujeres y bendije el surco con el germen del olivo. Enseñé a sus navegantes a tender la vela al viento, y al viento a respetar sus naves. De sus doncellas tomé los dedos y les dí el rítmico impulso elaborante de las túnicas que caen como armonía de líneas, sobre el nativo encanto de los cuerpos. Fuí huésped de pórticos y templos, de plazas y palacios, y no hay bajo-relieve, ni capitel, ni estatua, donde mis dedos no hayan suavizado un rasgo, inspirado la ley de la perenne gracia. Los filósofos me amaron, pues se irguió en mi casco la celeste Esfinge, y fuí la sabiduría; y dije en el estadio a los corceles, voláis al correr, como el divino pensamiento cuando crea. Fuí inmaculada virgen y guerrera varonil. Los dardos de Amor cayeron sin impulso bajo la frialdad de mis ojos, y con la Sicilia aplasté al gigante, asegurando el imperio de los dioses.

Y un día, sobre los bosques de estatuas, en la ciudad de la fuerte y elegante sencillez, de la justa armonía, de la gloriosa gracia, asomando por el Partenón, dominé hasta el mar, por manera que decía el navegante: — «Miradla con su casco y con su lanza. Es de oro y alabastro, y en sus pétreos ojos hay raras brillanteces; se yergue con la majestuosa serenidad de las vírgenes, y preside la vida de esta tierra que sonríe como un pámpano nuevo. ¡Salve, maestra, yo te saludo!»

Enmudeció el bronce y dijo la careta: — Soy de terciopelo negro como la noche y alegre como la alegría. Traigo reminiscencias de otros países y de mujeres que han muerto dejando por memoria algo como un perfume. Yo digo los transportes del amor, las embriagueces de la fiesta; soy una noctámbula luminosa. Cubría la faz de Romeo, cuando besó por primera vez la mano de Julieta; pero he cubierto ¡cuántas veces! la lívida faz del amor sacrílego.

Los poetas vibran con mi fiebre, y en sus retinas, a través de mis ojos huecos, refléjase un mundo de colores. Soy la buena alegría; pero ¡ah! también el crimen. Soy la felicidad; pero cuántos van pálidos de dolor bajo mi sombra!

Dí a los que amas, dí a los que odias, y a los que lloran y a los que ríen: hela aquí, con su frente impasible, con su barba negra, con sus ojos sin pupilas ¿quién ha dejado de llevarla?

Oí los apostrofes y callé. Hablaban un idioma distinto y se confundían en un abrazo.

Amo las fiestas, que alumbran visiones, que ponen el alma triste, al desvanecerse como sombras chinescas.

Y la estatua con la voz del bronce, clamaba:

— Oh! las frívolas torpezas de un mundo de trapo!

Me levanté entre la nube de humo, cerré el libro que no había concluido de leer, y puse la mano sobre el casco de Minerva.

— Sal del trono de esa cabeza, que el contraste es irrisorio. Ven, he de colgarte al pie del cuadro de la Bacante: ¡ella sentirá alegría! Esfumada en la media luz, enardece la imaginación que desea adivinarla.

Está derribada y desnuda, con su pandereta de cascabeles y su copa vacía. La rodean bosques de laureles y mirtos, frescos como los céfiros que la diosa Cipria sacó de las ondas del Hisus. La cantan núbiles bardos, que llevan en los ojos luz de los aires transparentes, y en las venas fuegos de potente amor; la temen los jóvenes atletas, que a la sombra de los plátanos animan con la esperanza de sus músculos, las estatuas coronadas del gimnasio. Oh! ved su torso eréctil, su sonrisa que en golpe de luz voluptuosa nace de sus labios y baña su rostro; su lecho acariciante de piel de tigre; su cabellera regocijada por los pámpanos ¿Qué fuera a su ruego, el orgullo de Agamenón, el ardimiento de Aquiles, la sabiduría de Néstor?....

Sentí una voz irónica: era la careta que decía:

— Oh! mi amado y fiel amante de siempre. Déjame aquí ó llévame allá, yo sólo pienso en tí, vivo sin cesar por tí, y otra máscara, menos alegre que yo, se regocijaría sobre tu rostro.

Bajé la mano en silencio, y dejé al antifaz triunfante sobre la estatua. Su mirada sin expresión era terrible en la inmovilidad de un pensamiento no descifrado ni entendido por humana inteligencia.

Quise volver a la lectura. Abrí de nuevo el libro de examen, repleto de teorías luminosas, según muchos, para cubrir vastos horizontes.

Las ideas, como traslúcidas y vibrantes, se embebían en mí espíritu, pero restregábame sin cesar los ojos, como si los cubriera una leve sombra proyectada por la máscara.

Y de los cuadros, de los libros, de los papeles y de la estatua inmóvil, emanaba en el silencio profundo de la noche, no sé que inmensa, abrumadora melancolía!...

Ángel de Estrada




Rodas

Miro más alto que las peñas todas,
el Coloso los mares a distancia;
y a su sombra de rey de la arrogancia,
cantada por marinos y rapsodas.

Por ser ilustre entre la islas, Rodas
buscó la fe, la fuerza, la elegancia,
y las espuelas de oro de la Francia
ligó a su nombre en inmortales bodas.

Hoy le haré el sol con su postrera arista
cascos de argento, torres de amatista,
lises, gules, coronas señoriales;

y evocando al pasar, su amor divino,
yo, Caballero de la Cruz, ¡me inclino
ante esas armas del espacio ideales!

Ángel de Estrada










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