" “Alucinación” significa “una mentira”. Una alucinación es nada. No me gusta esa palabra. No creo que deba ser utilizada. “Enteógeno” es una palabra mucho mejor. Un comité encabezado por el profesor Carl Ruck, académico de clásica de la Universidad de Boston, inventó esa palabra y todos la adoptamos de forma unánime en lugar de “alucinógeno” para designar aquellas substancias orgánicas reverencias por el hombre antiguo por su potencia y por su habilidad para imponer respeto. La Amanita muscaria es el principal estrógeno fúngico, pero el género Psilocybe a menudo tiene propiedades enteogénicas. “Enteógeno” significa simplemente “Dios generado dentro de ti”
Entonces “alucinación” significa algo falso, o no real."

Robert Gordon Wasson



"Con el tiempo supimos de exploradores en Siberia oriental en el siglo XVIII y XIX; ellos encontraron estas prácticas. Se quedaron perplejos, les disgustaba la “suciedad” de esas tribus paleo-siberianas y despreciaban su cultura y esa practica de comer hongos para intoxicarse. Pero algunos de los observadores tenía mucho talento, merece la pena leer cuidadosamente su testimonio. Los nativos, después de probar el alcohol, decían preferir el hongo. No tenía los efectos secundarios de una borrachera y les gustaba más. Ninguno le prestó la más mínima atención. Muy trapicheramente los europeos pensaban que les hacían un favor introduciéndoles al alcohol."

Robert Gordon Wasson


"Después de estudiar la materia durante casi una generación lo primero que encontramos fue que no se trataba de una cuestión personal. No era Yo y no era mi esposa. Eran todos los rusos y todos los europeos los que sentían de estas dos maneras divergentes. Se nos ocurrió que debíamos investigar el porqué. Lo estudiamos durante 20 años, y luego, alrededor de 1939 nos sentamos juntos para decidir si debíamos seguir adelante o no. Los dos estábamos muy ocupados ganándonos la vida. Mi esposa entonces era pediatra. Su trabajo se veía constantemente interrumpido por los viajes relacionados con mi trabajo. El banco me envió a Argentina por un año, y fuimos juntos, naturalmente, ya que el banco era mi forma de vida. Entonces no era algo tan seguro como lo fue después. Por lo que decidimos trabajar duro y no desperdiciar más tiempo con las setas. Pero si había algo realmente importante en aquello entonces deseábamos continuar. En esta reunión en torno al final de la década de los treinta ambos descubrimos que teníamos un secreto, y que éramos demasiado tímidos para expresarlo. El secreto era que la religión estaba detrás de todo ello, detrás de aquellos que odian las setas, los que las temen y los que las aman, como el amor de los rusos."

Robert Gordon Wasson



En busca del hongo mágico

En la noche del 29 de junio de 1955, y en una aldea mexicana tan lejana que la mayoría de habitantes no hablan español, mi amigo Allan Richardson y yo compartimos con una hospitalaria familia india una "comunión sagrada", en la cual se adoraron, primero, y se consumieron, luego, ciertos hongos "divinos". En la ceremonia religiosa los indios mezclaron ritos cristianos y paganos en forma desconcertante para el cristiano, pero natural para los indígenas. Dirigieron el ritual dos mujeres, madre e hija, ambas curanderas; y el oficio se celebró en lengua mixeteca. Los hongos producen visiones a quienes los comen. Mi amigo y yo masticamos y tragamos las setas, tuvimos alucinaciones, y salimos aterrados del trance. Habíamos venido de muy lejos para participar en la ceremonia, mas no esperábamos nada tan asombroso como la pericia de las curanderas oficiantes y los estupefacientes efectos de los hongos. Richardson y yo fuimos los primeros blancos que comimos los hongos divinos, cuyas propiedades guardan en secreto, desde hace muchos siglos, varios grupos de indígenas que viven al margen del progreso en el sur de México. Ningún antropólogo ha descrito hasta hoy la escena que allí presenciamos.
Richardson es fotógrafo de la sociedad neoyorquina y director de educación visual en la Escuela Brearley, y yo soy banquero. Pero no fue obra del azar nuestro encuentro en la cámara subterránea de una pequeña choza indígena con paredes de adobe y techo de paja. Por cuarta vez hacíamos un viaje a México, a la sierra de Oaxaca, atraídos por el rito de los hongos. Para mi esposa -que llegaría con nuestra hija al día siguiente- y para mí, aquella aventura sería la culminación de casi 30 años de estudio del extraño empleo de hongos alucinantes en las culturas de primitivas de Europa y Asia.
Así fue como cierta noche del mes de junio mi amigo Allan Richardson y yo nos encontramos en las sierras del sur de México, alojados en la choza de una familia aborigen de la sierra Mixeteca, a 18.095 m. de altura. (aquí debería poner pies, pero la traducción pone metros)
Como nuestra estada sólo podía durar más o menos una semana, no había tiempo que perder. Fui a la municipalidad donde, sentado a solas frente a una gran mesa, encontré al "síndico", un indio como de 35 años llamado Filemón, que hablaba español. Aprovechando su actitud amistosa, me incliné sobre la mesa y le pregunté en voz baja si podía hablarle con absoluta confianza. Lleno de curiosidad, me alentó a continuar. "¿Puede ayudarme a conocer los secretos del hongo divino?", le dije, empleando el nombre mixeteco de la planta sagrada, 'nti sheeto, pronunciando con exactitud el "saltillo" que precede la voz y los tonos musicales de las sílabas. Cuando se repuso de la sorpresa, me contestó con amabilidad que nada le sería más fácil, y me invitó a "pasar por su casa" a la hora de la siesta.
Allan y yo llegamos allí a eso de las 3 p.m. La casita de Filemón está en la falda de una montaña, entre una vereda que pasa al nivel del piso superior, y un profundo barranco. Filemón nos guió enseguida, barranco abajo, a un lugar donde abundan los hongos divinos. Después de tomar fotografías recogimos y guardamos unos cuantos en una caja de cartón y regresamos, trepando con dificultad por el barranco, bajo el intenso calor húmedo de aquella tarde tórrida. Sin darnos tiempo para descansar, Filemón nos despachó monte arriba, para que conociéramos a Eva Méndez, la curandera que oficiaría el rito de los hongos. La mujer, amiga de Filemón, es una "curandera de primera categoría", "una señora sin mancha". La encontramos en la casa de su hija -que tiene la misma vocación de la madre- recostada sobre una estera y descansando de las fatigas de una ceremonia celebrada la noche anterior. Eva, una mujer madura, tiene una expresión espiritual y una presencia que nos impresionaron. Les mostramos los hongos a las dos mujeres y ambas elogiaron, con exclamaciones de júbilo, la firmeza, lozanía y abundancia de aquellos tiernos ejemplares. Por medio de un intérprete preguntamos si podríamos utilizarlos aquella misma noche. Dijeron que sí.

Unas 20 personas nos congregamos en la sala del piso bajo de la casa de Filemón, poco después de las 8. Allan y yo éramos los únicos extranjeros, y los únicos de toda la concurrencia que no sabíamos hablar mixeteco.
 Sólo Filemón y su esposa podían hablarnos en español. Nunca se nos había dispensado, entre campesinos indígenas, una acogida como la que allí nos tributaron. No nos trataron fríamente, como blancos intrusos, sino como sí fuéramos de los suyos. Se presentaron luciendo su mejor ropa: las mujeres, de huipiles trajes indígenas; los hombres, de pantalón blanco, sujeto con cuerdas a la cintura, y un vistoso sarape sobre la camisa blanca y limpia. Nos instaron, algo ceremoniosamente, a beber chocolate, y recordé de pronto que un antiguo cronista español ya había explicado que antes de servirse los hongos, se tomaba chocolate. Imaginé lo que nos esperaba. Al fin comprobaríamos que aún subsistía el antiguo ritual indígena de la comunión, y nosotros íbamos a ser testigos. Los hongos, que estaban en su caja, eran mirados con acatamiento, aunque sin solemnidad. Son sagrados: jamás se los emplea para dar incentivo a un regocijo vulgar, como, a menudo, el blanco hace con el alcohol.
A eso de las 10:30 p.m. Eva Méndez limpió los hongos y luego, entre oraciones, los pasó por el humo del incienso de copal que ardía en el suelo. Hizo esta operación sentada en una estera, ante una rústica mesa convertida en altar y adornada con imágenes cristianas del Niño Jesús y el Bautizo en el Jordán. Después repartió los hongos entre los adultos, reservando 13 pares para ella y otros tantos para su hija. (Los hongos se cuentan siempre por pares.) En suspenso esperé hasta que la curandera, volviéndose hacia mí, me dio seis pares en una taza. No podía sentirme más feliz: había sonado la hora decisiva tras muchos años de investigación. Allan recibió también seis pares, agitado por encontradas emociones. Mary, su esposa, había consentido en que me acompañara sólo con la condición de que no probaría aquellos detestables hongos. Ahora, ante el dilema, le oí musitar con angustia: "Dios mío. ¿Qué dirá Mary?" A continuación todos comimos los hongos, masticándolos lentamente, por espacio de media hora. Tenían un sabor desagradable, amargo, y un olor rancio y penetrante. Allan y yo estábamos decididos a resistir los efectos que pudieran causarnos para observar mejor lo que allí aconteciera aquella noche. Sin embargo, nuestra resolución se desvaneció ante el poderío de los hongos.

Antes de la medianoche, "la señora" (como llaman a Eva Méndez) arrancó una flor de un ramo que estaba sobre el altar y con ella apagó la llama de la única vela que aún ardía. Quedamos a obscuras y a obscuras permanecimos hasta oír el canto del gallo. Por espacio de media hora, aguardamos en silencio. Allan sintió frío y se envolvió en una frazada. Pocos minutos después se inclinó y me dijo al oído: "Gordon, estoy viendo visiones." Le aconsejé que no se preocupara pues yo también las veía. Las alucinaciones, que ya habían comenzado, alcanzaron mayor intensidad a altas horas de la noche, y continuaron con la misma fuerza hasta alrededor de las 4 a.m. Las piernas nos flaquearon ligeramente y al principio sentimos náuseas. Nos echamos sobre una estera, pero nadie deseaba dormir, con excepción de los niños, que no habían comido hongos.
Jamás habíamos estado tan despiertos, y las visiones aparecían, tuviéramos los ojos cerrados o abiertos: brotaban del centro del campo visual y se extendían conforme se acercaban, vertiginosa o pausadamente, según el ritmo que nuestra voluntad eligiera. De vivos colores, eran siempre armoniosas. Empezaban como motivos artísticos, angulares, como los que podrían adornar una alfombra, una tela, un tapiz o la mesa de trabajo de un arquitecto. Luego se convertían en palacios, con patios, arquerías y jardines, palacios esplendorosos, recamados de piedras semipreciosas. Vi luego una bestia mitológica tirando de una carroza real.
Más tarde tuve la impresión de que las paredes se habían disuelto y yo, suspendido en el vacío y con el espíritu ya liberado, contemplaba panoramas montañosos, cordilleras escalonadas que llegaban hasta el mismo cielo y por las cuales cruzaban unas caravanas de camellos.
Tres días después, al repetir el experimento en el mismo cuarto y con las mismas curanderas en lugar de montañas vi aguas diáfanas que fluían por un juncal infinito y hacia un mar inconmensurable bajo la luz pálida del sol poniente. En esta ocasión apareció un ser humano, una mujer de vestidura primitiva que de pie contemplaba el horizonte; una mujer enigmática, bella como una escultura, pero una escultura viva y cubierta con prendas bordadas y multicolores. Me parecía estar al margen de un mundo del cual yo no formaba parte, un mundo con el cual no podía establecer contacto. Ahí estaba yo, suspendido en el espacio, ojo penetrante, invisible, incorpóreo, que veía sin ser visto. De contornos claramente definidos, de líneas y colores precisos, las visiones parecían más reales que cualquier objeto visto hasta entonces con los propios ojos. Tuve la sensación de distinguirlo todo con absoluta claridad, sin las distorsiones de la visión corriente. Veía los arquetipos, las "ideas platónicas" que fundamentan las imperfectas imágenes de la vida cotidiana. En mi mente surgió un pensamiento: ¿Encerrarían estos hongos milagrosos el secreto recóndito de los antiguos misterios? ¿Sería aquella asombrosa movilidad de que yo gozaba la explicación del mágico vuelo de las brujas en el folklore de los pueblos nórdicos de Europa? Desfilaban estas reflexiones por mi cerebro mientras las visiones poblaban mis retinas, pues por efecto de los hongos se produce una escisión del espíritu, un desdoblamiento de la personalidad, una especie de esquizofrenia en que lo racional continúa razonando y observando las sensaciones de que lo perceptivo disfruta. La mente se mantiene ligada, como por una cuerda elástica, a los sentidos errabundos.

La señora y su hija no permanecían inactivas. Cuando las alucinaciones se encontraban aún en su fase inicial, notamos que la madre movía rítmicamente los brazos tarareando en voz baja algo incoherente. Las palabras se transformaron pronto en sílabas sueltas y precisas que parecían horadar las tinieblas. Luego, por etapas, la curandera empezó a entonar un cántico con tonalidades de música primitiva. Me pareció un preludio a la aparición del "Anciano de Muchos Días". Bien avanzada la noche, la hija hizo coro a la madre. Cantaban bien, con firmeza, aunque en voz baja, un canto de indescriptible emotividad y ternura, fresco, vibrante y melodioso. Nunca había imaginado que la lengua mixeteca se prestara a tanta poesía. Si el encanto de aquella hora se debió en parte a la ilusión causada por los hongos, las alucinaciones deben ser auditivas, además de visuales. Por no ser musicólogo, ignoro si el cántico era de inspiración europea o, en parte, indígena. De vez en cuando el salmo llegaba a su culminación, cesaba de pronto, y la curandera barbotaba algunas palabras violentas, febriles, rotundas, que caían en la obscuridad como puñaladas. Eran los hongos que por su mediación transmitían -según creencia de los indios- la respuesta de Dios a los problemas planteados por los participantes en el rito. A intervalos, tal vez cada media hora, había un corto intermedio. Descansaba la señora y algunas personas encendían cigarrillos.
En cierto momento, mientras la hija cantaba, la señora se puso de pie en un lugar despejado del aposento e inició una danza cadenciosa, con aplausos o palmadas. No sé exactamente cómo logró ese efecto. Los aplausos o palmadas producían un ruido resonante y real. No pareció emplear ningún artificio, fuera de golpear una palma contra la otra o quizás ambas contra el cuerpo. Aplausos y palmadas poseían un tono peculiar; su ritmo era complejo a veces, y su insistencia y volumen variaban sutilmente. Supongo, mas sin seguridad porque nos hallábamos en la obscuridad, que la señora miraba sucesivamente hacia los cuatro puntos cardinales. De todos modos, estoy seguro de que aquellos misteriosos sonidos de percusión se producían por ventriloquia; procedían de lugares y distancias imprevisibles, y resonaban tan pronto cerca como lejos de mis oídos, arriba, abajo, aquí, allá, a la manera del fantasma de Hamlet, hic et ubique. Estábamos hechizados y atónitos.
Recostados en la estera, y en la obscuridad, hablábamos en voz baja y tomábamos notas, con el cuerpo inerte y pesado como plomo, mientras nuestros sentidos flotaban libremente en el espacio, acariciados por la brisa, contemplando vastos panoramas o explorando jardines de belleza inefable. Al mismo tiempo llegaba a nuestros oídos el canto de la curandera joven y las palmadas delicadas, ultraterrenas, de criaturas invisibles que se deslizaban en derredor.
Los indios que habían comido hongos hacían coro. En momentos culminantes proferían exclamaciones de asombro y adoración, en tono suave, como en respuesta a las cantantes y en armonía con sus voces. Eran exclamaciones espontáneas y de calidad artística.
En aquella primera ocasión el sueño nos venció a todos alrededor de las 4 de la mañana. Allan y yo despertamos a las 6, descansados, con la mente despejada, y emocionados por la experiencia hecha. Los amables dueños de la casa nos sirvieron café y pan. Después nos despedimos y regresamos a pie a la casa donde nos habíamos alojado, a unos dos kilómetros de distancia.

De las muchas ceremonias con hongos sagrados que he visto, nueve en total, he sacado en claro que deben hacerse en congregación, por lo menos en la región mixeteca. Y como la costumbre de congregarse a fin de participar en la ceremonia debe de provenir de la tradición aborigen, los indios tienen que superar mucho en número a los blancos. Empero, esto no significa que los hongos pierdan sus virtudes cuando no se los come en grupo. Mi esposa y nuestra hija Masha, de 18 años, se reunieron con nosotros un día después de la ceremonia, y el 5 de julio, arrebujadas en bolsas de dormir, comieron hongos sin más compañía que la mía y la de Allan. Ellas también fueron presa de alucinaciones y vieron visiones multicolores como nosotros. Mi esposa asistió a un baile en el Palacio de Versalles, en el que personajes ataviados con trajes de época, bailaban un minué de Mozart. Nuevamente, el 12 de agosto de 1955 -seis semanas después de haber recogido los hongos en México- comí algunos, ya secos, en mi casa de Nueva York y descubrí entonces que el poder alucinante de las setas, lejos de disminuir, había aumentado bastante.

Durante un paseo por el bosque, hace muchos años, mi esposa y yo decidimos lanzarnos por el mundo en busca del hongo misterioso. Nos casamos en Londres en el año 1926. Ella, de estirpe rusa, nacida y educada en Moscú, acababa de graduarse en medicina en la Universidad de Londres. Yo soy de Great Falls, Montana, y desciendo de anglosajones. A fines del verano de 1927 pasamos una vacación en las montañas de Catskill de Nueva York. Durante la tarde del primer día salimos a caminar por una encantadora senda que atravesaba varios bosquecillos en los que se filtraban los rayos oblicuos de un sol poniente. Eramos jóvenes enamorados sin preocupaciones. De pronto mi esposa se alejó. Había visto unos hongos silvestres en la espesura y, corriendo sobre la alfombra de hojas secas, se arrodilló, en actitud reverente, ante varios grupos de aquellas plantas. Extasiada, les dio todo género de nombres cariñosos en ruso. Los acarició y aspiró su aroma agreste. Yo, como buen anglosajón, nada conocía del mundo de las setas, y consideraba que cuanto menos supiera de esas traicioneras excrecencias, tanto mejor. Para ella, eran dechados de gracia de infinito atractivo para una mente perceptiva. Insistió en recoger algunos ejemplares, riéndose de mis protestas y mofándose de mi horror. Regresó a la cabaña con la falda llena de hongos, y los limpió y cocinó. Esa misma noche se los comió, ella sola, mientras yo, su flamante marido, me imaginaba ya convertido en viudo a la mañana siguiente.
Aquel hecho desconcertante y penoso para mí, dejó en ambos una huella perdurable. Desde entonces buscamos explicación a la diferencia cultural que nos separaba en ese minúsculo sector de nuestras vidas. El método que seguimos consistió en recopilar cuanto dato existiera acerca del aprecio que los pueblos indoeuropeos y sus vecinos tenían a los hongos silvestres. Procuramos determinar las variedades conocidas por cada pueblo, cómo las usaban y los nombres vernáculos que les daban. Hurgamos en la etimología de dichos nombres hasta llegar a las metáforas ocultas en sus raíces. Buscamos alusiones a los hongos en mitos, leyendas, baladas y proverbios, en obras de escritores inspirados en el folklore, en frases estereotipadas del habla común, en la jerga y hasta en los reveladores recovecos del vocabulario obsceno. Buscamos su rastro en las páginas de la historia, en el arte y en las Escrituras Sagradas. No nos interesaba lo que se pudiera estudiar en los libros acerca de los hongos, sino lo que la gente del campo aprende, sin mentores, desde la infancia, la herencia folklórica del círculo hogareño. Habíamos dado sin proponernos con un campo de investigación que todavía no había sido explorado.
A medida que ampliábamos nuestros conocimientos descubrimos en la información reunida la existencia de un hecho constante. Cada pueblo indoeuropeo es, por herencia cultural, "micófobo" o "micófilo": o rechaza y desconoce totalmente el mundo de los hongos, o lo conoce y aprecia en forma sorprendente. Las pruebas abundantes y a menudo graciosas de esta teoría abarcan muchas secciones de un nuevo libro en el cual exponemos el caso y lo sometemos al juicio de los eruditos. Los rusos son grandes micófilos, como también los catalanes, quienes poseen más de 200 vocablos para designar a los hongos. Los antiguos griegos, celtas y escandinavos eran micófobos, como los anglosajones. Otro fenómeno que cautivó nuestra atención es que desde las épocas más remotas los hongos silvestres aparecen rodeados del aura sobrenatural que los antropólogos llaman maná. Incluso el nombre en inglés de tales hongos, toadstool (literalmente asiento de sapo), significó quizás originalmente demonic stool (asiento del demonio) y se aplicó en concreto a un hongo alucinante de Europa. En la Grecia y Roma antiguas se creía que ciertas variedades eran procreadas por el rayo. Nuestras investigaciones acerca de este mito, carente de todas base científica, demostraron que tiene aún creyentes entre los pobladores de países separados entre sí por grandes distancias, como los beduinos, hindúes, persas y pamirios, tibetanos, chinos, filipinos, maorís de Nueva Zelandia y hasta zapotecos mexicanos... Este cúmulo de pruebas nos llevó hace muchos años a formular una premisa audaz: quizás en tiempos prehistóricos remotos nuestros antepasados hayan adorado un hongo divino, lo que explicaría la aureola de poder sobrenatural que parece envolver al hongo. Nosotros fuimos los primeros en exponer la hipótesis de la existencia de un hongo divino en la cultura primigenia de Europa, y esta conjetura, a su vez, planteó otra interrogación: ¿Qué clase de hongo adoraron aquellos pueblos y por qué?
Nuestra hipótesis no resultó demasiado desacertada. En Siberia existen seis pueblos primitivos (tanto que los antropólogos los consideran reliquias de museo, ideales para el estudio de la cultura primitiva) que celebran ritos mágicos con hongos alucinantes. Los dayacas de Borneo y los aborígenes del monte Hagen de Nueva Guinea emplean unos hongos similares. En China y Japón, según una antigua tradición, hay un hongo divino "de la inmortalidad"; y en la India, conforme a cierta escuela, después de comer hongos en su última cena, Buda se sumió inmediatamente en el Nirvana.
Cuando Hernán Cortés conquistó a México, sus acompañantes relataron que los aztecas usaban determinada clase de hongos en sus festividades, sirviéndolos, según decían los primeros frailes misioneros, en una comunión diabólica, con el nombre de teonanacatl o "carne de Dios". Nadie se preocupó entonces por estudiar esta costumbre, y los antropólogos le han concedido poca atención hasta ahora. Movidos por nuestro interés en la materia, nosotros aprovechamos la oportunidad de conocer el rito que se nos presentó en México; y en el curso de los años hemos invertido nuestras escasas horas de ocio en la búsqueda del hongo divino, tanto en ese país como en la América Central. Creemos haber descubierto sus vestigios en unos frescos del valle de México que datan más o menos del año 400, y en los "hongos de piedra" labrados por los mayas de las sierras de Guatemala, cuyos orígenes se remontan, en uno o dos casos, por lo menos, hasta el año 1000 a. de J.C.

Al día siguiente de nuestra aventura nocturna, Allan y yo no hicimos otra cosa que hablar de ella. Habíamos asistido a una ceremonia ritual, con canto y danza, jamás descrita por antropólogos del Nuevo Mundo, ceremonia notablemente parecida, en varios aspectos, a las celebradas por algunos arcaicos pueblos paleo-siberianos. Pero quizás el significado de lo que habíamos presenciado tuviera una trascendencia mayor. Los hongos alucinantes son productos naturales, teóricamente al alcance del habitante de muchos parajes del planeta, incluso Europa y Asia. En el curso de su evolución, mientras buscaba a tientas el remedio de su pobre condición, el hombre debe haber llegado a descubrir el secreto de los hongos alucinantes. El efecto que le produjeron no pudo ser sino profundo y actuar como una especie de detonador de nuevas ideas. Debieron de revelarle, por medio de las alucinaciones, mundos situados más allá de los horizontes por él conocidos, en el espacio y el tiempo; mundos de diversos niveles de existencia, un paraíso quizás, tal vez hasta un infierno. En la mente crédula del ser primitivo, los hongos deben haber fortalecido el concepto de lo milagroso. El hombre comparte con el animal muchas emociones, pero las de glorificación, veneración y temor de Dios son privativas del género humano. Al rememorar el beatífico asombro, el éxtasis y el caritas engendrados por los hongos divinos, nos atrevemos a formular la hipótesis de que quizás a ellos se deba la idea misma de Dios en el hombre primitivo.
No por mera casualidad, tal vez, el indio Filemón contestó así a mi pregunta acerca del efecto de los hongos: "Lo llevan ahí donde Dios está." Oí repetidas veces la misma respuesta, casi como si se tratara de un catecismo, de labios de indios de diversas zonas culturales. En todo tiempo han existido almas extraordinarias -los místicos y los poetas- que sin ayuda de drogas han tenido acceso al reino de quimeras cuya llave es el hongo alucinante. William Blake conocía el secreto: "Si la visión de la imaginación -decía- no es más fuerte y más clara que la de los ojos mismos, se puede decir que en verdad, la imaginación no existe." Pero es innegable que los hongos ponen tales visiones al alcance de un gran número de mortales. Las visiones debieron de surgir sin duda de nuestro propio ser. Mas no recordaban nada que hubiéramos visto previamente con nuestros propios ojos. En algún lugar recóndito del ser existe tal vez un repositorio donde tales visiones permanecen hasta ser conjuradas. ¿Son mutaciones subconscientes de cosas leídas, vistas e imaginadas, transmutadas de tal manera que al ser invocadas emergen con formas que no se pueden reconocer? ¿O es que los hongos agitan abismos mucho más profundos, los abismos de lo Desconocido?

A medida que ampliábamos nuestro conocimiento acerca del uso de los hongos divinos en cada una de las visitas sucesivas que hicimos a los pueblos indígenas del sur de México, surgían nuevas y no menos emocionantes cuestiones. En cinco zonas culturales los indios conjuran el poder milagroso de los hongos, pero el empleo que hacen de ellos varía mucho de una región a otra. Es indispensable una investigación práctica efectuada en cada una de dichas zonas por expertos antropólogos y micólogos. Hay contados especialistas en hongos, pues la micología es un campo poco explorado de las ciencias naturales. Entre estos micólogos figura el profesor Roger Heim, director del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, de prestigio universal, pues no sólo posee un vasto conocimiento micológico sino que es erudito en otras ramas de la ciencia y versado en humanidades. Él nos asesoró durante las primeras etapas de nuestra investigación, y en 1956, en vista del progreso que habíamos hecho, juzgó conveniente acompañarnos en la siguiente expedición. La integraban además un químico, el profesor James A. Moore de la Universidad de Delaware; un antropólogo, Dr. Guy Stresser-Péan, de la Sorbona, y nuevamente, como fotógrafo, nuestro leal amigo Allan Richardson.

Esta vez el problema primordial consistió en identificar los hongos alucinantes y disponer el modo de abastecer de ellos a los laboratorios que los estudiarían, problema más difícil de lo que el lego puede imaginar. Aunque los primeros cronistas españoles de la época de la colonia ya hicieron referencia a los hongos divinos hace cuatro siglos, ni antropólogos ni micólogos se habían preocupado, hasta la época actual, por profundizar la materia. Los únicos que conocen tales hongos son los indios de las tribus más alejadas de nuestra cultura, aisladas de la civilización por barreras montañosas y murallas idiomáticas. El investigador debe ganarse la confianza de los aborígenes y vencer las sospechas que despierta en ellos el hombre blanco. Debe estar resuelto, además, a soportar incomodidades y a afrontar el peligro de las plagas que flagelan las aldeas en la temporada de las lluvias, época en que crecen los hongos. Durante la estación seca, se ven algunos blancos; pero al llegar las lluvias los contados extraños, misioneros, arqueólogos, antropólogos, botánicos y geólogos, desaparecen. Existen otras dificultades. Por ejemplo, de los siete curanderos que comieron hongos en mi presencia, sólo dos, Eva Méndez y su hija, son seres consagrados a la profesión. Entre los demás dimos con sujetos de carácter dudoso. Uno de esos curanderos comió sólo una dosis mínima, casi simbólica de hongos, y otro comió y nos sirvió unos de cierta variedad carente de cualidades alucinantes. Si sólo nos hubiéramos encontrado con estos simuladores, habríamos creído que las pregonadas propiedades de los hongos eran simple ilusión, un notable ejemplo del poder de la autosugestión. ¿Pero se trataba realmente de supercherías, o es que los hongos secos habían perdido, con el tiempo, su virtud peculiar? ¿O acaso (y esto encierra mayor interés antropológico) algunos curanderos substituyen deliberadamente las variedades genuinas por otras inocuas, convencidos de que los efectos espirituales de algo tan sagrado para ellos, son superiores a las fuerzas del hombre? Aun cuando se haya ganado la confianza de una practicante honesta como Eva Méndez, el ambiente debe ser propicio para que la ceremonia resulte perfecta, y se necesita además abundancia de hongos, que a veces escasean hasta en la época pluvial, como lo descubrimos por propia y gravosa experiencia.
Hoy sabemos a ciencia cierta que en México se usan siete clases de hongos alucinantes. Pero no todos los indígenas, ni siquiera los de las aldeas donde se les rinde culto, las conocen; y los curanderos, ya sea por buena fe o por complacer al visitante, a veces sirven hongos espurios. Sólo comiéndolos sale uno de dudas. Por observación directa Heim y yo hemos determinado las cualidades de cuatro especies. Fuera de la experiencia personal, como método de estudio es aconsejable obtener confirmación múltiple de informadores que no se conozcan entre sí y que, si es posible, sean nativos de diversas regiones culturales. Así procedimos nosotros con otras variedades. Hoy estamos seguros de las propiedades de cuatro especies; hasta cierto punto de las de otras dos, y nos inclinamos a aceptar las que se atribuyen a una séptima especie. Las siete pertenecen a tres géneros. Seis, por lo menos, parecen ser nuevas para la ciencia y quizás logremos descubrir otras más.
Los hongos no se emplean como agentes terapéuticos. Por sí solos, no producen curaciones. Los indios los "consultan" cuando se sienten perturbados por graves problemas. Si alguien enferma, los hongos revelan la causa del mal, pronostican si el paciente sanará o morirá y prescriben lo que debe hacerse para acelerar la recuperación. Si el veredicto es mortal, el enfermo y su familia se resignan: aquél pierde el apetito y pronto muere, mientras sus parientes empiezan a preparar el velatorio, aún antes del fallecimiento. También se puede preguntar a los hongos quién se ha robado un burro y dónde está. Y si el hijo amado salió a correr mundo -quizás en calidad de "espada mojada", como se denomina a los jornaleros que cruzan a nado el Río Grande para trabajar en los EE.UU.- los hongos hacen de servicio postal: dicen si el emigrado vive o no, si está en la cárcel, si se ha casado, si pasa apuros o prospera. Los indios creen que los hongos abren las puertas de lo que llamamos percepción extrasensoria.
Poco a poco afloran las propiedades de los hongos. Los indios que los comen no se vuelven "micoadictos". Cuando pasan las lluvias y los hongos desaparecen, su falta no les produce angustia fisiológica alguna. Cada clase de setas posee determinada fuerza alucinadora, y cuando no hay suficientes de una misma especie, los indios mezclan dos o más variedades, calculando rápidamente la dosificación correcta. Los curanderos acostumbran a tomar una porción grande, y cada cual aprende por experiencia a determinar la dosis que le conviene. Según parece, el uso repetido del hongo no obliga a aumentarla. Algunas personas requieren porciones mayores que otras. El aumento de la dosis intensifica las emociones, mas no prolonga mucho el efecto. Los hongos agudizan la memoria y anulan por completo la noción del tiempo. En la noche que he descrito, Allan y yo vivimos eternidades. Cuando suponíamos que una sucesión de imágenes había durado años, el reloj nos indicaba que sólo habían transcurrido apenas unos cuantos segundos. Teníamos las pupilas dilatadas y el ritmo del pulso lento. Parece que los hongos mágicos no producen efecto acumulativo en el organismo. Eva Méndez los come desde hace 35 años, noche tras noche, durante la temporada de lluvias.
Los hongos plantean además un problema químico: ¿Qué substancia desencadena las extrañas alucinaciones? Tenemos pruebas verosímiles de que es un agente distinto a las drogas conocidas: opio, coca, mescalina (droga extraída de un cacto mexicano), haxix, etc. Pero el químico tendrá que andar mucho para aislarlo, analizar su estructura molecular y reproducirlo sintéticamente. La solución del problema es de sumo interés en el reino de la ciencia pura. Su solución quizás pueda resultar útil para el tratamiento de perturbaciones psíquicas.
Mi esposa y yo hemos viajado y aprendido mucho desde aquel día, hace 30 años, en que durante una excursión por las Catskill notamos por primera vez la singularidad de los hongos silvestres. Pero nuestros descubrimientos han servido apenas para ensanchar horizontes. Vamos a emprender una quinta expedición a las aldeas de México, con el propósito de acrecentar y pulir nuestros conocimientos acerca del papel de los hongos en la vida de estos pueblos indígenas. Pero esto no es más que el principio. Toda prueba relacionada con el origen primitivo de las culturas europeas debe ser revisada, con objeto de averiguar si el hongo alucinante desempeña también alguna función ya olvidada por la posteridad.

Robert Gordon Wasson














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