"[…] Dos negros mozos cogieron los tambores y sin calentarlos siquiera comenzaron a llamar, ínterin los demás encendían una candelada con paja seca o bailaban cada cual por su lado […] La negrada cercó a los tocadores, pero dos bailaban en medio, un negro y una negra: los otros acompañaban palmeando, y repitiendo acordes el estribillo que correspondía a la letra de las canciones que dos viejos entonaban. ¿Y qué figuras hacían los bailadores? Siempre ajustados los movimientos a los varios compaces del tambor, trazaban círculos, la cabeza a un lado, meneando los brazos, la mujer tras el hombre, el hombre tras la mujer, ya acercándose, ya huyéndose […]"

Anselmo Suárez y Romero
Costumbres de campo


El preludio

Nunca versos canté: ni el sol brillante
de mi patria adorada cuando asoma
sobre la ceiba grande de la loma
ni el resplandor de estrella rutilante,

ni el agua de los ríos murmurante,
ni aquel áureo matriz que acaso toma,
ni de la flor gallarda el suave aroma,
ni música de palmas extasiante.

Ni mágicas palabras que algún día
pude escuchar de una mujer amada,
ni sueños santos de virtud y gloria,

ni horas amargas, ni horas de alegría,
lograron de mi cítara callada
el pobre son que exhala tu memoria.

Anselmo Suárez Romero


“Yo trataba de pintar un negro esclavo, ¿quién que se halla gimiendo bajo el terrible y enojoso yugo de la servidumbre puede ser tan manso, tan apacible, tan de angélicas y santas costumbres como él…? Francisco es un fenómeno, es una excepción muy singular… Así fue que desde que comencé a escribir comencé de consuno a entristecerme: me enojé más y más contra los blancos según fui pintando sus extravíos, y como mi carácter, digámoslo de una vez, es amigo de tolerar con paciencia las desgracias de este pobre valle de lágrimas, vino a dotar a Francisco de aquella resignación y mansedumbre cristiana… He aquí la causa de mi error.”

Anselmo Suárez Romero













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