"Es muy doloroso ver a una chica hermosa, y hay tantas."

Dalton Jérson Trevisan



"Lo que no me dicen lo escucho detrás de las puertas."

Dalton Jérson Trevisan



"Mañana ha pasado un mes desde que la Dama está fuera de casa. Los primeros días, a decir verdad, no me lo perdí, bueno llegar tarde, olvidado en la conversación de la esquina. No fue una ausencia en una semana: el pintalabios todavía en el pañuelo, el plato sobre la mesa por error, la vislumbre del espejo.

Con los días, señora, la leche se cuajó primero. La noticia de su pérdida llegó lentamente: el montón de periódicos en el suelo, nadie los guardaba debajo de las escaleras. Toda la casa era un pasillo desierto, hasta el canario se quedó sin habla. No sea débil, ah, señora, fui a beber con unos amigos. Una hora por la noche se habían ido. Estaba solo, sin el perdón de su presencia, la última luz en el balcón, a todas las aflicciones del día.

Me perdí la pequeña pelea por la sal en el tomate, mi forma de querer el bien. ¿La extraña, señora? No guardé agua de sus violetas en la ventana y se marchitaron. No tengo un botón en mi camisa. Llevaba un calcetín con agujeros. ¿Qué propósito tenía el sacacorchos? Ninguno de nosotros, sin la Señora, sabe hablar con los demás: bocas enojadas masticando. Venga a casa, señora, por favor."

Dalton Jérson Trevisan


"No hables, amor. Cada palabra, un beso menos."

Dalton Trevisan


Una vela para Darío

            Darío viene apresurado, paraguas bajo el brazo izquierdo, tan pronto dobla la esquina, disminuye el paso hasta parar, apoyándose en la pared de una casa. Por ella deslizándose, se sienta sobre la acera empedrada, todavía húmeda por la lluvia, y pone sobre la acera la cachimba.

          Dos o tres paseantes se acercan y le preguntan si se siente bien. Darío abre la boca, mueve los labios, no se escucha respuesta. El señor gordo, de blanco, sugiere que debe estar sufriendo un ataque.

          Se recuesta un poco más, tumbado ahora sobre la acera, y con la cachimba que ya se hubo apagado. El chico de bigote pide a los demás que se aparten y le dejen respirar. Le abre la chaqueta, el cuello de la camisa, la corbata y el cinturón. Cuando le quitan los zapatos, Darío se atraganta ruidosamente y espumarajos le salen por la comisura de la boca.

          Cada persona que llega se pone de puntillas aunque no le puedan ver. Los vecinos de la calle conversan de puerta a puerta, se despierta a los niños y en pijama se asoman a la ventana. El señor gordo repite que Darío se siente en la acera, que fume el tabaco de su cachimba y que apoye el paraguas en la pared de la casa. Y ya no se vio paraguas ni cachimba a su lado.

          La vieja de pelo canento grita que él se está muriendo. Un grupo lo arrastra hasta el taxi de la esquina. Ya dentro del coche la mitad del cuerpo, protesta el conductor: ¿quién pagará el viaje? Acuerdan llamar a la ambulancia. Darío recostado de nuevo en la pared —no tiene ni los zapatos ni el alfiler de perla en la corbata—.

          Alguien informa acerca de la farmacia en la otra calle. No cargan a Darío más allá de la esquina; la farmacia, demasiado lejos y él, muy pesado. Lo largan en la puerta de una pescadería. Un enjambre de moscas le cubre la cara, sin que haga por espantarlas.

          Llena la cafetería cercana con las personas que se acercan a apreciar el incidente; ahora, comiendo y bebiendo, gozan de las delicias de la noche. Darío permanece torcido, tal y como lo dejan, en el escalón de la pescadería, sin el reloj de pulsera.

          Un tercero sugiere que se examinen sus papeles; extraídos —junto a varios objetos—de sus bolsillos y alineados sobre la camisa blanca. Quedan sabiendo el nombre, edad, marcas de nacimiento. La dirección en la cartera es de otra ciudad.

          Hay una desbandada de más de doscientos curiosos que, hasta ese momento, ocupan toda la calle y las aceras: llega la policía. El coche negro enviste a la multitud. Varias personas tropiezan en el cuerpo de Darío, que es pisoteado diecisiete veces.

          El guardia se aproxima al cadáver y no puedo identificarlo —los bolsillos están vacíos. Queda la alianza de oro en la mano izquierda, que él mismo —cuando vivo— solamente podía sacarse humedeciéndola con jabón. Cosa de la funeraria.

          La última boca repite —Ha muerto, ha muerto—. La gente comienza a dispersarse. Darío estuvo dos horas para morirse, nadie creía que estuviese en las últimas. Ahora, para los que pueden verlo, tiene todo el aire de un difunto.

          Un señor piadoso usa la chaqueta de Darío para apoyarle la cabeza. Cruza sus manos sobre el pecho. No puede cerrar los ojos ni la boca, donde la espuma ha desaparecido. Apenas un hombre muerto y la multitud se dispersa, las mesas del café quedan vacías. En la ventana algunos vecinos con almohadas donde descansar los codos.

          Un niño negro y descalzo viene con una vela encendida, que deposita al lado del cadáver. Parecía muerto hace ya muchos años, casi el retrato de un muerto descolorido por la lluvia.

          Se cierran una a una las ventanas y, tres horas después, Darío sigue a la espera de la funeraria. La cabeza, ahora, sobre la piedra, sin la chaqueta, y el dedo sin la alianza. La vela se ha consumido ya más de la mitad y se apaga con las primeras gotas de lluvia, que vuelve a caer.

Dalton Jérson Trevisan








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