Amor Profanus

Más allá de la pálida memoria,
en algún misterioso bosque oscuro
existe un lugar hecho de sombras,
donde las palomas nunca anidan,
un lugar olvidado por el sol:
He soñado que allí nos reuníamos
para maravillarnos de nuestro viejo amor.

Reunidos allí, por casualidad, largos años habían pasado
vagando por la espesura sombría;
y aquel antiguo lenguaje del corazón
intentamos en vano evocar: ¡Oh, que melodía furtiva!
Sobre nuestros pálidos labios han corrido
las aguas del olvido
que coronan el amor de todos los mortales.

En vano balbuceamos, desde lejos,
nuestro viejo deseo brilló frío y muerto:
esa vez fue lejano como una estrella,
cuando los ojos alumbraban y los labios eran carmesí.
Sin embargo fuimos con los ojos abatidos,
sin encontrar placer en la cercanía,
como dos pobres sombras desconsoladas.

¡Oh, Amor! Mientras la vida sea nuestra,
no acumules los pétalos rosas y blancos,
arranca la hermosura que huye de las flores
para que adornen nuestro pequeño sendero de luz:
pues pronto habremos de ahogarnos
en la amarga hierba de los muertos;
separados, tristes espectros de la noche.

Ernest Dowson


El jardín de sombras

El amor ya no escucha el gemido del viento
bailando entre flores perfectas: tu cerrado jardín
crece en desérticas formas, donde nadie podrá encontrar
el extraviado pétalo de una rosa olvidada.

¡Oh, brillante, brillante cabello!
¡Oh, boca, labios trémulos como la fruta que cae del árbol
¿Puede el hambre permanecer cerca de esa cosecha?
El amor, que fue sinfonía, con su laúd quebrado
susurrará melodías sobre la hierba de los camposantos.

Deja que el viento murmure sobre las flores perfectas,
Y que el jardín renazca y brille con la primavera:
El amor ha crecido ciego sin contar las horas,
sin soñar en las semillas del tiempo, ni en su cosecha.

Ernest Dowson


Noches grises

Por un tiempo vagamos (esto fue lo que soñé)
por un largo y arcilloso camino en la Tierra de Nadie,
donde sólo las amapolas crecen en la arena,
aquellas que con escasa estima arrancamos,
y siempre tristes, hacia una triste corriente,
seguimos avanzando con los dedos entrelazados,
bajo las estrellas distantes, un camino imprevisto,
la visión de todas las cosas en la sombra de un sueño.

Y siempre tristes, mientras las estrellas expiraron,
encontramos las más extrañas amapolas,
hasta que tus ojos mi luz cultivaron,
para iluminarme en aquella hora de abatimiento,
y en su oscurecimiento ninguna conjetura podría
atormentarme con los días perdidos que deseamos,
después de ellos mis recuerdos fueron destrozados.

Ernest Dowson


Non sum qualis eran bonae sub regno Cynarae

La última noche, ay, mezclé sus labios con los míos
Luego cayó tu sombra, Cynara, y tus suspiros
Sobre mi alma entre el vino y los besos se derramó,
Pero estaba enfermo y desolado por una vieja pasión
Sí, estaba desolado y bajé la cabeza;
Te he sido fiel a ti, ¡Cynara! Claro, que a mi manera.

Toda la noche sentí latir su cálido corazón sobre el mío
Entre mis brazos, en amor y sueño, toda la noche yació;
Claro, fueron dulces los besos de su boca roja de ocasión,
Pero estaba enfermo y desolado por una vieja pasión
Cuando al despertar encontré que era muy gris la aurora;
Te he sido fiel a ti ¡Cynara! Claro, que a mi manera.

He olvidado tanto ¡Cynara! Llevado con el viento,
Rosas arrojadas, rosas pisoteadas entre el turbión,
Danzando hasta volverlas pálidos lirios del olvido
Pero estaba enfermo y desolado por una vieja pasión
Todo ese tiempo, y el baile se extendió la noche entera;
Te he sido fiel a ti ¡Cynara! Claro, que a mi manera.

Rogué por una música más loca y un vino más fuerte,
Pero cuando las lámparas expiran y la fiesta languidece,
Allí cae tu sombra y la noche es toda tuya, Cynara;
Y estoy enfermo y desolado por una vieja pasión,
Sí, tan hambriento por los labios de mi deseo estoy.
Te he sido fiel a ti ¡Cynara! Claro, que a mi manera.

Ernest Dowson

(N. del T.): Cynara: Horacio, Odas, IV, 1, 4: “Non sum qualis eram bonae/sub regno Cinarae, desine dulcium/mater saeva Cupidinum”: “Ya no soy el que era -o el que fui- bajo el reino -o “bajo el dominio”, “el influjo” o “subyugado”- de la buena Cinara: Deja ya madre de dulces deseos”.También Cinara aparece en Ep. I, 7, 28; I, 14. 33; así como en Homero, Od. VI, 13, 21-22. Era al parecer una hetaira conocida del poeta de Venusia. Pero el empleo de su nombre por Dowson ha dado lugar a múltiples conjeturas. Sumo una por mi parte: “Cinara” o “cynara” es el nombre de la tintura que se extrae del alcaucil así como de algunas variedades de la misma planta. Esta tintura muy conocida mundialmente por su marca comercial como “Chofitol” es un remedio hepático muy socorrido desde que se tenga memoria. Ahora bien. Hace muchos años alguien me dijo que, a su vez muchos más años atrás, este extracto de cynara se empleaba para diluir el láudano destilado del opio. En especial cuando se buscaba hacer durar las provisiones así como, cuando se estaba en las etapas finales de la adicción, hacerlo un tanto menos nocivo. El clima nocturno, de ensoñación, de doble visión y de pesadilla fría del poema, puede tal vez contribuir a esta explicación. Claro está que sumado al sólito recurso a la poética de Horacio tan habitual en este poeta como en tantos otros. Por otro lado el grupo al que pertenecía este poeta -The Rhymers Club, formado hacia 1890- estaba integrado también -y entre otros poetas- por Lionel Johnson, Francis Thompson -autor del bellísimo The Hound of Heaven- y John Gray (el inspirador del personaje de Dorian Gray), todos católicos y opiómanos.



Ven, descendamos

Deja que así sea;
renuncia a las palabras y al lamento,
en vano tanto ansiamos responder:
mejor encontrar un lugar para yacer,
solo para estar muerto.

El silencio fue lo mejor,
mejor que las canciones y el lamento;
ahora sé las melodías desiertas;
ahora deja que las hojas muertas
y rojas del otoño cubran el laúd incierto.

El silencio es lo mejor:
por nunca jamás, eternamente,
descendamos y allí, durmiendo,
en algún lugar más allá de su conocimiento,
ella nos olvidará para siempre.

Deja que así sea:
más y más fría ella se ha de transformar,
el sueño y la noche fueron la perla;
yacer donde ya no podemos verla,
donde podamos descansar.

Ernest Dowson


Vita summa brevis spem nos vetam incohare longam

Ya no están más la risa y el sollozo
El amor y el odio y el deseo,
Pienso que en nosotros eso ya no cuenta
Cuando pasamos esa puerta.

Ya no están más los días de vino y rosas
Salidos de un brumoso sueño
Un tiempo, luego se borran nuestras huellas
En medio de un sueño.

Ernest Dowson

(N. del T.): El título viene de Horacio, Oda I. 4. 15. “La vida tan breve no admite esperanza larga” Desde luego que es éste el poema que recita Clifton Webb -como Waldo Lydecker al final de Laura, 1944, el extraordinario film de Otto Preminger. Por cierto el segundo hemistiquio del primer verso del segundo cuarteto se empleó como título para un film que mejor olvidar.


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