Como un arca de aromas ultramarinos

Como arca de aromas ultramarinos
el santuario en medio de la escollera
exhala aún el himno y la plegaria
entre largas columnatas de pinos.

Y tiembla aún de suspiros divinos
que lo han en la dulce noche escondido
cuando de la gran ábside severa
surgían débiles celestes de incienso.

Se encorva en una luminosa arcada
el cielo sobre esto: en lejanas colinas
el Carro fijo una sombra que sale espía.

Con la sombra un sonido de cascada 
que grave gime en el silencio sacral
con un suspiro eternamente igual.

Giovanni Pascoli



El muchacho

I

A ti ni gemas ni oro
te ofrezco, dulce huésped, es cierto,
más hago que te basten flores
que recoges en el verde sendero,
del muro en las húmedas grietas
y sobre la áspera maleza.
No traigo a tu mesa el especioso
trozo de pingüe ternera;
hago que gustes del radichio *
no sin la pimpinela                **
y el huevo que en la mañana
cantó la gallina.
Para mí tú no aras, oh poeta,
ni viñas pedregosas ni grasos
barbechos; pero dime si más
se alegra de viñas y barbechos
aquel taciturno señor, o el gorrión
gárrulo y tú.
Ni frágiles copas de China
ni lámpara de oro te ilumina
pero a tu tosca cocina
amas; a la pródiga artesa
y la llama que lustra, amas
sobre los nítidos cobres.
No haces que de tu ceño dependa
ni paje ni florida sierva
pero alegre y grata trajina
para ti tu dulce hermana,
que ciñe el delantal y sonríe;
lo desata y se sienta
contigo... Y por lecho mortuorio,
que a todos es tan duro y grave,
qué cosa te ofrezco ¿lo sabes?
Oh, rosas por lecho de muerte
caídas de la zarza: el suave
dolor que fue.

II

¿El nombre? ¿El nombre? El alma siembro,
lo que tiene de más blanco mi semilla,
en tierra se pierde,
pero nace el bello árbol verde.

No busco lauro ni bronce; solo vivir;
y vida es la sangre; río que fluye
sin otro rumor
que un batir, apenas, en el corazón.

En los corazones busco que un palpitar mío
quede, sin otra gloria cual un escalofrío
que tiembla en el agua
como la piedra que en el fondo yace.

En el aire, quiero, quede un gemido mío;
si el búho gime quiero estar
entre los sauces del río,
también yo, entre tinieblas, también yo.

Si lloran las campanas, lloran
en las opacas tardes, invisible
quiero estar junto
aquella que llora con ese llanto.

Poco quiero, tan solo encender
sobre las mudas tumbas, la lámpara
que ilumine y consuele
la vigilia de los pobres muertos.

Lo quiero todo, quizás nada, sumar
un punto a los mundos de la Vía Láctea
en el cielo infinito;
dar nueva dulzura al vagido.

Quiero mi vida dejar pendiente
en cada tallo, sobre cada pétalo
como un rocío
salido del sueño y se pierda

en nuestra breve alba. Con los iris
de mil gotas suyas que en el único sol
se anula y sublima...
dejando más vida que antes.

Giovanni Pascoli



"El poeta es poeta, no orador o predicador, ni filósofo, ni historiador, ni maestro, ni tribuno o demagogo, ni hombre de estado o de corte. Y ni mucho menos es, aun con la venia del maestro, un herrero que forje espadas, escudos o celadas; y ni mucho menos es, con la venia de tantos otros, un artista que pula y cincele el oro que otros le surtan. Para conformar un poeta valen infinitamente más su sentimiento y su mirada que el modo con el cual transmita a los otros el uno y la otra."

Giovanni Pascoli



"El recuerdo es poesía y la poesía es sólo recuerdo."

Giovanni Pascoli


"El sueño es la sombra infinita de la verdad."

Giovanni Pascoli



La Befana

La bruja de los reyes magos

 Llega, llega la brujita
lega desde las montañas en la noche profunda
¡Qué cansada está! La rodea
el hielo, la nieve y la niebla.

Llega la brujita
tiene las manos cruzadas en el pecho
y la nieve es su manto
y el hielo su panel
y el viento su voz.

Tiene las manos cruzadas en el pecho
y se acerca poco a poco a la cabaña
mira, escucha
a veces cerca, otros veces lejos
poco a poco, poco a poco.

¿Qué hay dentro de esta casa?
Un frágil cuerpecito
todo está tranquilo, todo está oscuro
una luz pasa y brilla.

¿Qué hay dentro de esta casa?
Mira y mira…tres camas
con tres niños que duermen, dulces
mira y mira…en la cabecera
hay tres medias largas y finas.
¡ah! tres medias y tres camas.

La luz brilla y desciende
y cruje la escalera
la luz brilla y sube
y se mueven las cortinas.

¿Quién sube? ¿Quién baja?
La madre baja con sus regalos
sube con su sonrisa.
La luz arde en su rostro
como el faro de la iglesia,

la madre ha bajado con sus regalos.
La brujita de los Reyes Magos está en la ventana
escucha, ve y se aleja.

Pasa con la brisa
por la gran calle
tiembla en cada puerta y en cada ventana.
¿Y qué hay en la cabaña?
Un suspiro prolongado.

Alguna llama de fuego
ilumina todavía la chimenea.

Pero ¿qué hay en la cabaña?
mira y ve tres pequeños platos
con tres niños dulces que duermen,
entre las cenizas y los carbones,
hay tres zapatillas consumidas.

Si tres zapatillas y tres colchones…

La madre vigila y cose
suspirando y bostezando
y de vez en cuando ve
aquellas zapatillas en fila
vigila, llora, suspira y zurce.

La brujita escucha y llora:
huye a la montaña, es ya la aurora.
Aquella madre se lamenta
al ver los niños sin más nada.

La brujita de los Reyes Magos mira y escucha,
La brujita está en la montaña
lo que observa es lo que vio
algunos lloran otros ríen.

Ella tiene nubes en la frente
mientras se queda es la áspera montaña.

 Giovanni Pascoli


La calandria

I
Borbolla en lo alto un parlotear canoro,
Es la calandria inmóvil en el pleno
Sol meridiano, como un punto de oro.

Sólo su voz domina en el sereno
Y vasto azul, mientras va callando
La copla del gañán en el centeno.

Y el cascabel, tan argentino, cuando
Pasa la jardinera, ya lejana:
Que el cochero, a la sombra, está almorzando

No hay más cigarras, ni más ronca rana,
Ni un soplo, ni un volido por la umbría.
Única en todo el cielo, ella se ufana.

Se ufana y canta, y su himno que gloria
La música del alba y de los setos,
Como el iris del ópalo varía.

Canta, y oyes los silbidos indiscretos
Del mirlo matinal, y te robora
Picante olor de enebros y de abetos.

Y en un frescor de umbría gemidora,
Del rocío y corteza, la incitante
Fragancia del madroño y de la mora.

Por doquier, si en el bosque vas errante,
Los trinos son más líquidos y ricos.
Después, se oye cual golpes de distante

Picapedrero, martillar los picos...

II

Mas, no; dib, dib; si es gorrión... Ya llena
La bruma el campo en que, desde la aurora,
Muge el buey y trajina la faena.

Humean tierra y cielo a aquella hora,
Y tras el seto de álamos temblones
La humedad del abono se evapora.

Bórranse allá en la niebla, los peones;
Acá el arado emerge, por encanto,
Entre un piar de míseros gorriones.

Mas ¿de dónde lanzó su dulce canto
La codorniz? Ya el girasol, orondo
Se despliega, y perfuma el oxiacanto.

Quizás es ya la tarde y en el fondo
Del estival paisaje que se azula
Canta la codorniz al trigo blondo.

El maizal de luciérnagas pulula
Y de grillos el prado; en los almiares
El heno, perfumado, se acumula.

Y no; es la aurora; bajo los alares,
Cual gárrulas zagalas, junto al nido
Charlan las golondrinas familiares.

La casa duerme: el jarro preferido
Del buen café, nadie hurga todavía.
Vuela y revuela el matinal silbido,

Ante la verde, inmóvil celosía.

III

El grito del cernícalo... Una hirsuta
Soledad... Rudas peñas al contorno...
Matorrales de ajenjo y de cicuta...

Abruma el cielo el estival bochorno,
Y como un ebrio en el paisaje huraño,
Ronca un torrente de impetuoso torno;

Cuando he aquí que en el perfil extraño
De un alto escombro dentellado en piedra,
Se oye cantar al pájaro ermitaño.

Canta como alma fiel que no se arredra
Con el dulce penar, desde la ruina
Amortajada de piadosa hiedra,

Pájaro azul. Mas oigo que, vecina,
La curruca gorjeó. ¿Dónde? En un huerto
Cercado por el boj y la uva espina.

Allá rojea entre el follaje muerto
Tal cual manzana, dórase la pera,
O algún higo se arruga al descubierto;

Y canta la alondrilla y la parlera...
Mas no; eres tú, que inmóvil al sol pleno,
Trinas, calandria, sobre la pradera.

Sólo tu voz expláyase en el seno
Del claro azul, con la virtud secreta
De un sortilegio límpido y sereno:

Grande en tus breves alas, ¡oh poeta!

Giovanni Pascoli



Los caminos

Había cerca del templo
de Saturno, dios sembrador
y segador, un gran cipo de oro.
De allí, hacia el orbe todo lanzó Roma
sus caminos, de dura piedra y de duro
sonido. De allí, del cipo de oro, siete
vías cuatro veces se lanzaron más allá,
a los cuatro vientos, y antes, entre sepulcros,
andaban, al pie de túmulos y cipreses,
bajo la callada sombra fúnebre;
y luego, vías por verdes campos y desiertos,
derechas como surcos, y vías por peñas
talladas con cinceles, y vías por selvas
profundas, mudas, solo entonces heridas
por el fierro ignoto, y vías sobre veloces
ríos uncidos con eternos puentes,
y vías por los Alpes, que vencían con giros
suaves las asperezas. De aquella piedra,
una vez partieron muchas vías en el mundo.
Parecía que un luminoso Sagitario
volvía hacia todos los vientos el gran
arco fatal, y flechaba todo alrededor,
de pie, en el medio justo del cielo.

Giovanni Pascoli



"Porque el dolor es más doloroso si te callas."

Giovanni Pascoli

















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