"Creedme, los amores no correspondidos son los más cómodos. Sin ninguno de los sabores a ceniza y vinagre que acompañan los efímeros acuerdos. Yo lo había aprendido en parte en los libros, y en parte me divertía persuadirme de ello, por reserva, misantropía, vanidosilla autosuficiencia. Así que nunca buscaba un buen encuentro, una intimidad, con la muchacha. «La amo, pero ella no tiene nada que ver, es algo que sólo me concierne a mí», había pensado en voz alta un domingo, mientras me afeitaba en el cuarto de baño, y la frase me había gustado, la había escrito con el dedo en el cristal empañado por el aliento, repitiéndomela gustosamente desde entonces, como un antídoto que me ayudara a salvarme de las víboras de los celos. ¿María Venera no sentía nada por mí? Tanto mejor: eso me procuraba una libertad sin límites, mis impulsos hacia ella eran exclusivamente míos, en la fantasía podía jugármela y ganarla a mi capricho. Haciendo trampas, si era necesario: es bien sabido que no hay placer más excepcional que hacer trampas en un solitario... Porque si luego me hubieran preguntado cuántas veces había intentado socavar su indiferencia, habría contestado con un encogimiento de hombros. O tal vez habría admitido que en cierta ocasión la había invitado a un vertiginoso Danubio azul, pero para pisar una y otra vez sus pies como un arado; y que en el ambigú, mientras sorbía un licor, le había balbuceado que sus cabellos eran hermosos, consiguiendo a cambio una irónica reverencia; y habría confesado tal vez que durante un mes la había esperado y seguido todas las noches para ocultarme después en un portal; y que, en suma, le había dedicado versos. Los recitaba lentamente, al oscurecer, antes de salir a la calle, mientras a través de los listones de la persiana me dedicaba a escrutar el Corso (lo llamaban el Salón, era un majestuoso río de losas entre dos lejanísimas aceras) en espera de que se encendieran las farolas municipales y comenzara, con los ritos de una noble Corte de Amor, el paseo público. Ya sabía, gracias al aviso de un misterioso despertador incrustado en la frente –el mismo que en los tiempos del instituto me hacía abrir los ojos a las siete menos un minuto–, a qué hora, y a la altura de qué escaparate, la encontraría y saludaría con los ojos, sonrojándome. Adivinaba qué traje vestiría: si el negro con los bordes y la solapita de encaje; si el negro con los bolsillitos debajo de la cintura; si el negro con perlitas, ceñido bajo el busto hasta estallar. Adivinarlo no era difícil. María Venera vestía siempre de negro, salvo en los días de gran gala, cuando la veíamos avanzar bajo las luces, enfajada en un plisado blanco, y también la cara emblanquecida por las mil esperas de vaya usted a saber qué cosas que le hinchaban el corazón."

Gesualdo Bufalino
Argos el ciego



Nacer es humano, perseverar es diabólico.

La mitad de mí no soporta a la otra y busca aliados.

Escribo porque tengo miedo. Cavo trincheras de palabras donde esconder la cabeza.

He aprendido a no robar escuchando a Mozart.

El suicidio como autarquía, hágalo usted mismo...

"Una biblioteca –dijo Ralph Waldo Emerson–, es un harén." ¿Y si fuera un polvorín?

Muchos muertos son suicidas disfrazados.

Este luctuoso lujo de ser sicilianos.

Vivo dentro de mí como un dedo en un guante demasiado largo.

Ningún abismo de depravación existe donde no vacile en deslizarse la mente de un tímido.

"Conócete a ti mismo", dijo el filósofo. ¡Si será loco!

No esperen demasiado de la muerte. Puede ser un caballo de Troya.

Cada uno sueña los sueños que se merece.

Dios es mejor de lo que parece, la Creación no le hace justicia.

Después de la lluvia la tierra, como una muchacha un sombrero de paja azul, se ha puesto el cielo sobre la cabeza.

Escondido detrás de mi cara de viejo, con qué júbilo oculto siento dentro de mí una joven fuente cantar.

¿Todo gratis? ¿No se paga nada por mirarte?

Somos rehenes de uno que cada día aumenta el precio del rescate.

Morir es una descortesía de la cual, si pudiera, el difunto se ruborizaría.

El silencio ha sido en el fondo una inevitable profilaxis.

El traductor es evidentemente el único auténtico lector de un texto. Por cierto más que cualquier crítico, quizá más que el propio autor. Porque de un texto el crítico es solamente el cortejante ocasional, el autor el padre y el marido, mientras que el traductor es el amante.

Menos creo en Dios más hablo de él.

En un mundo de inercias contradecirse resulta el único movimiento.

No tengo certezas, la certeza es enemiga envidiosa de la verdad.

Los hombres: probablemente las lombrices solitarias de la tierra.

Todo público recitador de versos es un reo confeso.

Tu indiferencia me adula.

Hubo en un tiempo una civilización del amor de la cual el siglo xx no contempla sino las ruinas.

Dios violentó a la Eternidad: nació un fruto de la culpa y fue el Tiempo.

Otoño, estación desleal.

La agonía de un lugar, de un objeto es más triste que la de un hombre.

Usurero de mí mismo.

Como todos los arrepentidos hablo, hablo de más, no la termino nunca.

He vivido por años como un país invadido: un poco rebelándome, un poco pactando...

Vivir de incógnito, como Dios.

Dicen que el hombre de Neanderthal murió porque no sabía hablar. Nosotros moriremos por no haber sabido callar.

¿Cómo se hace para amarse viviendo con uno mismo veinticuatro horas sobre veinticuatro?

Amplias frentes deshabitadas.

¿Hacerme confesor o sacerdote de los hombres? Non sum dignus.

La ironía de Dios. Sólo a un Dios irónico sabría rezar.

La fama es la gloria vendida como saldo, con los descuentos de fin de temporada.

Grito, es verdad, pero a flor de labios.

En tiempos de la "fea" epoque nadie sabía que un día iban a llamarla "Belle". Es improbable, pero quien sabe si no deba ocurrir lo mismo con nuestro tiempo.

Como me gustaría, este libro, si no lo hubiese escrito yo.

Gesualdo Bufalino



"Finalmente, el libro de bolsillo azul, que sacó em­papado de una carpeta cuando llegó, colocándolo al lado del fuego, lo revelaba lector, y lector de buenas lecturas.
Cuando apenas había empezado los interrogatorios rituales, llamándonos a todos nosotros, familiares e in­vitados de las Villas, a informar en torno a la mesa del quiosco, el abogado Belmondo levantó la mano para pedir la palabra. Para hablamos -explicó titubeando­ de un documento que estaba en su poder, confiado por el difunto antes del incidente y cuya exhibición consideraba obligatoria.
-¿Cómo, cómo? -se sorprendió Curro, con los ojos cada vez más parecidos a dos pinchos de higo chumbo.
- Hace unos días -prosiguió el abogado-, Aquila se presentó en mi habitación y me entregó una plica, rogándome que la guardara por algún tiempo. Que la abriera sólo en caso de impedimento grave suyo. Le pedí aclaraciones, no quiso dármelas. Aquí está, e ig­noro su contenido.
Dicho esto, sacó una carpeta de tela color arena, sellada con el lacre de tres sellos.
Había caído la tarde pero en la atmósfera del quiosco se estancaba un calor extremo, parido por el temporal, que no ayudaban a refrescar las lámparas de carburo que la servidumbre, extinguida la electrici­dad, había encendido alrededor. Recuerdo que tam­bién se veía, entre velos de nubes negras, la luna."

Gesualdo Bufalino
Qui pro quo



Interludio

¡Sshhh!... Güerrin duerme, no lo despertemos.
Desearía equivocarme, pero creo
que cada día
duda más de su existencia,
cree ser una armadura llena de viento,
como esas de los viejos castillos
que aterrorizaban a Ridolini...
Como si nosotros fuésemos más reales
metidos inside de nuestras vainas de carne,
cortando el aire con gestos sin ton ni son,
murmurar palabras a patadas
como una olla demasiado llena...
Nosotros al igual que él en el vientre de la ballena,
infinitos Pinochos.

Gesualdo Bufalino





Punto de inflexión

Venga el otoño a decirnos que estamos vivos,
sentados sobre la orilla roja
mirando el agua que va pasando.
Y vuelvan las trazas de turquesa a las cancelas,
los castos númenes de yeso, las rosas rasgadas,
las prendas alegres de los novios,
que todo renueve el tiempo su disposición suave.
Y así, mientras el aire rapta
en su sueño las hojas de la sangre,
y lentamente me tienta
este sol exiliado la frente
es bello pararse aquí para decirte adiós,
juventud mía, juventud mía.

Gesualdo Bufalino




"Quiero contarles una anécdota quizás insignificante, pero a la cual atribuyo un valor de predestinación, mi juego preferido, apenas hube comenzado a leer, era el de jugar con mi padre con un viejo diccionario Melzi: lo invitaba a elegir una palabra (...) y me lanzaba a encontrarla en pocos segundos. Esta especie de búsqueda de la palabra escondida puede parecer ahora el signo de una vocación, en cuanto puede prefigurar la búsqueda de la palabra rara, más cargada de significado y de disponibilidad a la duplicidad, que es uno de los caracteres fundamentales de la expresión del arte."

Gesualdo Bufalino
Entrevista concedida por Bufalino a M. T. Marzilla-D. Fohr, Un altro Gattopardo?, en Giornale di Sicilia, 04/10/1981












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