A las tres copas digo esto

Los niños que juegan y la gente
del bar son mis amigos. Pasa una mujer
deprisa con su hijo, entra un hombre azul oscuro
con un claro designio: jugaremos a las cartas
o al dominó, somos tres.
         He decidido escribir
poesías concretas. Envejezco, se necesitan
realidades, no humo.
                    Y sin embargo un humo
me nubla la vista, se interpone, suavemente,
entre la Cosa y yo, y todas las aristas
pule: el mundo ya casi no hace mal.

A las tres copas digo esto: fíate,
barca de san Pedro, bajo
cansadamente por las aguas
de otro tiempo. Me llegan hasta las rodillas.

Joan Vinyoli i Pladevall


Anochecer en la cafetería

I

Es una pesadilla tener siempre en el cajón,
a mano, guardada, la ampollita
de cianuro por si me urgiese usarlo,
ante la absurdidad del universo
o del hombre, inútil preguntador
en el orden imaginado por el demiurgo.

Detenida la sangre, ya no sería necesario
cerrar y abrir nunca más la puerta
carcomida ni tampoco encender fuego,
que el estofado de la vida tiene mal gusto,
ni hacerme la cama, ni nada.

                                                 Liberado del hambre,
de placeres y de dolores, ¿qué soy, finalmente?
Aquí no valen conjeturas. Metafórico
con todo menos con la muerte, ya responderán los gusanos
en las tinieblas.
                          Ahora sólo sé que tengo
dentro de mí estallidos, umbráculos de recuerdos,
incendios metalúrgicos y tucanes de vuelo
silencioso y suave que me hablan de una selva
remota. ¿Pero el ave del paraíso,
enjaulada? ¿Y todos nosotros, qué?
Enjaulados también.
                                  ¡Qué punzante añoranza
de un sol perpetuo y de un gran lugar abierto
donde vivir siempre!
                                  Que el tejón nos abrigue
cuando es invierno y el gordo hipopótamo
nos lleve, en el tiempo cálido, a los ríos donde se remoja.

II

No siempre las etapas de la vida
se acaban como los árboles que huyen, nítidos,
al viajero que mira con ojos cansados,
puesto el corazón en la ciudad cercana,
un cielo de transparencia matinal
o un áspero fondo de rocas, moderado
por una puesta grande y fastuosa.

Descarrilado en una curva, el tren
se precipita desde lo alto de un risco.
De entre montones de chatarra se levantan hombres
a vivir en la incomodidad de su último invierno:
el ejecutivo, el incendiario, el santo,
la bailarina, el pobre, el insensato,
en la sucia destrucción que humea.

Ah, si entonces, como de un inmenso brasero
de solidaridad, ardiese un fuego,
¿qué no diríamos de este gran dolor
que nos nubla siempre el pensamiento?
Levantemos, pues, una tienda contra el viento,
seamos un simulacro del amor
y acabaremos por ser tan sólo amor.

Joan Vinyoli i Pladevall



Plaça vella
 
El meu quiosc, el meu fanal, 
són els d’aquesta plaça. Restaurant 
econòmic amb porxos i plats a deu pessetes, 
el soroll de les motos, la creu de la farmàcia, 
i la camisa estesa en el balcó, 
com un penjat cap per avall. 
Conec un matrimoni 
ben avingut, amos del bar, gent grassa, 
que es diverteixen prou, sota els llençols, 
honestament, de nit. En despertar-se pensen 
que prospera el negoci: nevera nova ahir, 
de les elèctriques. I bons clients 
als matins solellats, a les tardes plujoses. 
Entre la dona i ell i el pare s’ho arreglen; 
tot queda a la família. Certament, 
vol sacrificis tenir un bar i, sobretot, les tapes 
calentes, variades, demanen molta cura 
i mai no reposar. Però que, almenys, el dia 
de festa a la setmana, no ens el treguin; 
al barri vell tothom hi està d’acord, 
i jo també. 
                   Ja som a la tardor. 
No val ací parlar de fulles seques, 
que l’únic arbre és el fanal, però 
jo vaig caient a poc a poc a dins 
de mi mateix, de l’altre que hi ha sota, 
molt lluny, darrera moltes capes 
de temps; el veig com per un arbre 
s’enfila des del son 
cap a la freda taca 
morada de l’alba, 
on, lleganyós, el dia es frega els ulls.

Joan Vinyoli i Pladevall



"Tengo que hacer algo de mi pobreza."

Joan Vinyoli i Pladevall











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