Abducida

Mavis decía que la habían abducido extraterrestres. Tal vez fuera
cierto, no lo sé. Dijo que habían tenido sexo con ella, pero
era diferente. Le habían puesto un dedo en el medio de la frente
mientras emitían una especie de zumbido. Dijo que era más placentero
que el sexo convencional. Le pregunté si podía probar y
me dijo que no. Poco después, Mavis desapareció para siempre. No
se despidió de nadie y nadie sabía adónde había ido. Empecé
a soñar con ella. Con frecuencia eran sueños perturbadores,
pero cuando aparecían extraterrestres eran muy reconfortantes. Creo
que secretamente deseaba que me abdujeran. Por supuesto, jamás
se lo confesé a nadie. No digo que le creyera a Mavis, pero creo
que experimentó lo que dijo. La gente ve cosas que no
están todo el tiempo. Alguna de esa gente está loca y
otra no. Mavis no estaba loca. No éramos amantes, pero sí
buenos amigos, y la extrañaba. Pero la vida seguía. Una o dos
veces por semana me tomaba un par de cervezas con Jared. Iba
a comer o al cine con Trisha de vez en cuando. Una vez toqué
a la puerta del departamento donde vivía Mavis y contestó una mujer
que no hablaba inglés. Había salido un artículo en el diario sobre una mujer
que habían encontrado en el fondo de un lago. La policía no había
podido identificarla. Fui a la morgue enseguida. “Me gustaría
ver el cadáver de la mujer que se ahogó en el lago”, dije.
“Disculpe, no va a ser posible”, me respondió el empleado. “Pero tal vez
sea una amiga mía”, dije yo. “La policía me dio órdenes
estrictas. Nadie la puede ver”, me dijo. “Pero quizá podría
identificarla”, le dije. “Créame que nadie podría identificar lo que
tenemos aquí”, me dijo. Me fui y volví a casa. Jared vino
esa noche. Le dije que me preocupaba que la mujer en
la morgue pudiera ser Mavis. Me dijo, “¿Quién es Mavis?”. Le dije, “Tú
sabes perfectamente quién es Mavis. Saliste varias veces con ella.
Creo que hasta te estabas enamorando de ella, pero
te dejó”. “No conozco a ninguna Mavis, y estoy seguro de que nunca
salí con ella. No tengo tan mala memoria”, me dijo. “Te vi una
noche con ella en Donatello’s”, le dije. “Nunca fui a
Donatello’s”, me dijo. “Jared, ¿qué estás haciendo?”, le dije.
“Te digo la verdad. Nunca conocí a ninguna mujer que se llamara
Mavis”, me dijo. Cuando se fue Jared, me puse a pensar
en eso. Ya ni siquiera me acordaba de la cara de Mavis. Era
muy triste. La estaban borrando. Quería ponerle el dedo
en la frente, pero ya no estaba.

James Tate


Dos visiones

“Yo veo dos figuras que atraviesan un paisaje corriendo,
hechos jirones los abrigos, y las piernas que ya no les dan más”,
dije yo. “Qué raro. Yo veo dos figuras bailando alrededor de una hamaca,
con flores en el pelo y una canción que brota de sus labios”, dijo
Nikki. “Ahora caen al suelo y empiezan a gatear. Creo que a lo mejor
se están muriendo de sed”, dije yo. “Esas personas están enamoradas.
Es demasiado obvio. No paran de tocarse”,
dijo ella. “A ver, esperá un poco. Hay otro tipo a caballo.
Va hasta donde están ellos y les ofrece un trago de su cantimplora. Se
baja del caballo y también se los ofrece. Los ayuda a subir y guía
el caballo”, dije yo. “Ella lo abofetea. Él dijo algo
muy feo. Él le levanta la mano”, dijo ella. “Nikki”, dije yo, “¿por
qué no estamos mirando la misma foto?”. “Pero sí, Harvey.
Es la misma foto, lo que pasa es que vos tenés
ideas raras”, me dijo. “Sólo estoy informando lo que veo”, dije
yo. “Bueno, entonces seguí”, me dijo ella. “Llegan unos tipos en camello
y los rodean. Debe haber unos treinta y todos llevan sables”,
le dije. “Los amantes ahora se abrazan y se besan”, dijo ella.
“Los tuyos son demasiado predecibles”, le dije. “¿Y qué querés
que haga? Perdoname”, me dijo. “No es culpa tuya. No podés
hacer nada, me parece”, le dije. “El Capitán se baja
de su camello y apunta con el sable al hombre que guiaba
el caballo. Les exige dinero a cambio de cruzar el desierto”. “Estoy
muy preocupada por los tuyos. Yo no creo que salgan
de ahí vivos”, dijo ella. “¿Y los tuyos dónde están?”, dije yo.
“No los veo. No están por ningún lado”, dijo ella. “Quizá están
muertos en alguna zanja. ¿Te fijaste en las zanjas?”, dije yo.
“Me fijé en todas partes. Ella dejó el pañuelo encima de la hamaca”,
dijo Nikki. “Seguro que se fue a comprar un helado. Va a volver
enseguida”, dije yo. “¿Y los tuyos?”, dijo ella. “Mejor ni me preguntes”,
dijo ella. Me arrepiento de haberme involucrado con ellos. Desde el
principio no tenían la más mínima chance”, dije yo. “Pero eran gente
como vos. Te caían bien”, dijo ella. Nos quedamos sentados
con la mirada perdida un rato largo. Finalmente le dije, “¿Qué
pasó con los tuyos?”. Ella dijo, “¿Qué pasa con los míos?”. Le dije, “¿Los
mataste?”. “No quiero hablar de eso ahora. La noche está
tan linda”.

James Tate


El ascenso

En mi vida anterior fui perro, un perro
tan bueno que me ascendieron a ser humano.
Me gustaba ser perro. Trabajaba para un granjero pobre,
cuidando y reuniendo su rebaño. Los lobos y los coyotes
trataban de burlar mi vigilancia casi cada noche, y no perdí
ni una sola oveja. El granjero me recompensaba
con buena comida, comida procedente de su mesa.
Puede que fuera pobre, pero comía bien. Y sus hijos
jugaban conmigo, cuando no estaban en la escuela o
trabajando en el campo. Tenía todo el amor que cualquier perro
podía desear. Cuando me hice viejo, trajeron otro
perro, y lo adiestré en los trucos del oficio.
Aprendió rápido, y el granjero me llevó
a la casa para que viviera con ellos. Todas las mañanas
le llevaba sus pantuflas, mientras también él
iba envejeciendo. Yo moría lentamente, un poco
cada día. El granjero lo sabía y de vez en cuando traía
al nuevo perro para que me hiciese una visita.
El nuevo perro me entretenía con sus volteretas
y monerías. Y entonces, una mañana, sencillamente
no me levanté. Me hicieron un bonito entierro
río abajo, a la sombra de un árbol. A veces lo echo tanto de menos
que me siento junto a la ventana y lloro. Vivo en un edificio muy alto
que da a otros edificios muy altos.
Trabajo en un cubículo y prácticamente no hablo
con nadie en todo el día. Es mi recompensa por haber sido
un buen perro. Los lobos humanos ni siquiera me ven.
No me temen.

James Tate



La guerra de aquí al lado

Me pareció ver a algunas víctimas de la última guerra vendadas y
cojeando por el bosque al lado de mi casa. Me pareció reconocer
a algunas, pero no estaba seguro. Era como un sueño difuso
del que trataba de despertarme, pero seguían ahí, ensangrentadas,
algunas con muletas, otras sin alguna extremidad. Este
triste desfile duró horas. No podía moverme de la ventana. Al fin
abrí la puerta. “¿Adónde van?”, grité. “Sólo estamos
tratando de escapar”, me respondieron con un grito. “Pero la guerra
terminó”, dije. “No, sigue”, me dijeron. Todos los noticieros informaron
que hacía días que había terminado. No sabía a quién creerle. Mejor
no hacerles caso, pensé. Se van a ir. Así que fui
a la sala y agarré una revista. Había una foto de
un muerto. Que acababa de pasar por al lado de mi casa. Y reconocí
a otro muerto. Corrí de vuelta a la cocina y miré por la ventana.
Había un grupo que venía hacia mí. Abrí la puerta. “¿Por qué
no peleaste con nosotros?”, me preguntaron. “Les juro que no
sabía quién era el enemigo”, les dije. “Está bien. Yo tampoco
terminé de entender”, me dijo uno. Los otros lo miraron
como si estuviera loco. “El otro bando era el enemigo, obvio,
los de los ojitos brillantes”, dijo otro. “Eran crueles”,
dijo otro, “terribles”. “Uno fue muy amable conmigo, me acunó
en sus brazos”, dijo uno. “Bueno, ahora están todos muertos. De
poco les sirvió”, les dije. “Estamos recobrando nuestras
fuerzas”, dijo uno. Cerré la puerta y volví al
living. Al principio escuché que rascaban la ventana, pero pronto
pararon. Escuché un clarín a lo lejos, después el rugido de
un cañón. Todavía no sé en qué bando estaba yo.

James Tate


La mujer de Waylon

Loretta tenía un gallo que era tan arisco
que ya nadie la podía ir a visitar. Loretta amaba
a ese gallo, y el gallo amaba a Loretta
y pensaba que era su mujer. Así que solamente
veíamos a Loretta cuando bajaba al pueblo.
Nos encontrábamos en Mike’s Westview Café y tomábamos
cerveza con ella toda la noche. El gallo
se llamaba Waylon, y ella se la pasaba hablando de Waylon
toda la noche, y si uno no sabía habría creído
que hablaba de su esposo. Yo sabía,
y aun así creía que hablaba
de su esposo. “Waylon no se sentía del todo
bien esta mañana.” “Waylon estuvo tan dulce conmigo
anoche.” “Waylon es tan hermoso, a veces
no lo puedo dejar de mirar”. Sigue siendo
divertido salir con ella, y a mí me parece totalmente
normal. Cuando cierran el bar, nos despedimos
y yo le doy un beso a Loretta, apenas un piquito, porque
sé que está casada con un pollo, y eso me parece digno
de respeto. Waylon la hace feliz de maneras de las que yo nunca
sería capaz. El cielo estrellado, la policía escondida en los
arbustos, por Dios qué lindo es estar vivo, pienso, y
hago pis detrás de mi auto en la oscuridad de mi propia oscuridad
privada.

James Tate


La tribu perdida

Un frisbee rojo pasó volando y todos nos arrodillamos
y rezamos. No tengo idea de por qué rezábamos. De hecho,
ni siquiera sé qué hacía yo con ese grupo de lunáticos.
Estaban todo el tiempo en busca de señales. Yo, la verdad,
no creía en esas cosas. Pero cuando se arrodillaban a rezar,
yo lo hacía también, salvo que no rezaba. “¿Qué piensas que
significa esa bandada de palomas?”, me preguntó uno. “Significa
que nos hemos alejado del abrazo de Dios”, le dije. “Qué tragedia,
¿no?”, me dijo. “En efecto”, le dije. Atravesamos un campo
de tréboles. Había un viejo tractor todo oxidado.
Una mujer se tropezó y se cayó. “Déjenla, que así nos va
a estorbar”, dijo el líder. Dos ciervos nos vieron y escaparon al galope.
“Son días santos, el final se acerca”, dijo mi compañero. Todos en ese instante
nos hincamos y nos pusimos a rezar. “No creo que el final se esté acercando”,
dijo alguien. “Está muy claro que el final se acerca”, dijo otra persona.
“La señal son dos ciervos galopando, ¿no?” “Dos ciervos galopando
significa que algo prodigioso está a punto de ocurrir”, dije
yo. “Yo no vi ningún ciervo. Para mí que te los imaginaste”,
dijo alguien. “Mejor sigamos viaje. Dentro de poco se va a hacer
de noche”, dijo el líder. Poco después, entramos en un bosque. “Me parece
que esto es un error. Nos vamos a perder”, dije yo. “Sólo se pierden
los de poca fe. Acuérdate, va a haber una señal”, me
dijo. “Hay demasiadas señales en el bosque”, dije yo. Un pájaro
carpintero se lanzó en picada y pasó apenas encima de nosotros. “Aquí
tenemos que acampar”, dijo el líder. Estaba anocheciendo cuando
armamos las carpas. “No me gusta este lugar”, dije yo. “Dios
no nos va a defraudar. Jamás defrauda”, dijo mi compañero. Se hizo
de noche. Yo dije, “Nos tenemos que ir de aquí. Va a pasar
algo horrible”. Nadie me respondió. Encendí la linterna
y empecé a caminar entre los árboles. Esa gente
nunca me cayó bien. Eran una tribu perdida y yo no estaba perdido,
apenas confundido.

James Vincent Tate



Por qué no voy a salir de la cama 

Mis músculos se desenredan
como carretes de cinta:
no hay una sombra 

de dolor. Permaneceré
así por el resto
de la tarde,

por lo que resta
de todos los mediodías. La lluvia
está haciendo un valle 

de mis rasgos débiles.
Estoy en Albania.
estoy en el Rin. 

Es otoño,
huelo la lluvia,
veo niños que corren 

atravesando las colombinas.
Soy miel,
soy varios vientos. 

Mis nervios se disuelven,
mis miembros se marchitan-
no te amo.

No te amo.

James Tate




Qué Felices Éramos

Solía haber una espía en mi vida que no me dejaba dormir.
Día a día me torturaba con los más sofisticados
artefactos. Al principio chillaba como un cerdo en el matadero.
Después me hice adicto. Entre sesiones me sentía agitado
e impaciente. Gritaba, “¿Cuánto más debo esperar?”
Entonces me hizo esperar más y más. Me convertí en un experto,
un genio del aplastapulgares y el potro. Realmente ya no la
necesitaba. En su última visita lo pudo ver en mis ojos,
y eso abrió un agujero en ella a través del cual podía ver
algo parecido a la eternidad y algunos de los pequeños ángeles
cuyo único trabajo es pretender llorar por personas como nosotros.

James Tate



Sucede así

Estaba afuera de la parroquia de Santa Cecilia
fumando un cigarrillo cuando una cabra apareció a mi lado.
Era mayormente negra con blanco, con un poco de café
rojizo aquí y allá. Cuando comencé a caminar
me siguió. Me sorprendió y encantó, pero me pregunté
cuáles eran las leyes sobre este tipo de cosa. Hay
una ley para llevar perros con correa, ¿pero qué hay de las cabras? La gente
me sonreía y admiraba a la cabra. “No es mi cabra”,
les explicaba. “Es del pueblo. Sólo es mi turno
cuidándola”. “No sabía que teníamos una cabra”,
dijo uno. “Me pregunto cuándo será mi turno”. “Pronto”,
dije. “Sean pacientes. Todo a su tiempo”. La cabra
se quedó a mi lado. Cuando me detenía ella se detenía. Me miraba
hacia arriba y yo me quedaba mirándola. Sentí que sabía
todo lo esencial sobre mí. Seguimos caminando. Un policía
en su ronda nos miró. “Esa es una majestuosa
cabra la que tiene ahí”, me dijo, deteniéndose a admirarla.
“Es la cabra del pueblo”, le dije. “Su familia lleva
trescientos años con nosotros”, dije, “desde el comienzo”.
El oficial se inclinó para acariciarla, luego se detuvo
y me miró. “¿Le importa si lo acaricio?” me preguntó.
“Tocar a esta cabra cambiará su vida”, le dije.
“Es su decisión”. Lo pensó un minuto,
y luego se enderezó y dijo, “¿Cuál es su nombre?” “Le
llaman el Príncipe de la Paz”, le dije. “¡Dios! Este pueblo
es como una cuento de hadas. A donde mires hay misterios
y maravillas. Y yo sólo soy un niño jugando a los policías y ladrones
para siempre. Por favor perdóname si lloro”. “Lo perdonamos,
oficial”, le dije. “Y entendemos por qué usted, más que
nadie, jamás debe tocar al Príncipe”. La cabra y
yo seguimos caminando. Estaba oscureciendo y comenzamos
a preguntarnos dónde dormir esa noche.

James Tate







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