Aux armes, boues de novembre

V

Días hirsutos, tiempos inciertos, momentos furtivos,
terminaron los azares, éste es vuestro amo.
El amor despliega todos sus meses de septiembre a junio
sobre vastas pendientes catalaúnicas*.

La blasfemia se termina cuando las estaciones
se ordenan para la batalla a través de la extensión.
A las armas, lodos de noviembre y manzanos en flor.
Golondrinas de los dos equinoccios, sitiad
el verano reacio en su fuerte que se desmantela.

Cargad, vientos granizados de ventoso** y lluvias de otoño,
lluvias de Lorena acorazadas con flamantes follajes
sobre vuestros pesados caballos recelosos como esas niñas
que hacen correr a su ganado a través de la calle
con paja en los cabellos y gritos roncos.

¡Muera el verano! Conservamos la nieve en reserva
para enterrar el cuerpo del vencido cuando las escarchas
lo hayan estrangulado en su cárcel. ¡Muera el verano!
El amor recibe a las puertas de una aldea su victoria.
Nada dice, la toma en sus brazos, ríe.

Entonces ante él pasa, ardiente y lenta y sombría,
su guardia, las austeras nubes de febrero
en las que vemos brillar las partesanas del chaparrón
contra los techos y sobre los barrizales de los caminos.

*"Catalaúnico" indica la pertenencia a la antigua Catalaunia, que en la actualidad corresponde a Châlons de marne. En sus campos fue derrotado Atila, aquí probablemente identificado con el verano.

**"Ventoso" es el nombre dado al sexto mes por el calendario de la Revolucion francesa y corresponde al período que se extiende entre el 19 ó 21 de febrero al 19 ó 21 de marzo.

Jean Grosjean
de Hiver (1964)
Versión de Jorge Fondebrider



El rostro

El vaho de tu aliento colma el aire frío. Duermo en una barca en aguas temblorosas. Sueño que duermo en la bruma. Retén el aliento para verte en mi sueño.

Más pesada aún es la mojadura del aire. El agua duerme entre los penachos de juncos. La barca se pudre bajo el árbol cuya imagen se hunde en el agua.

Me siento acribillado por tu munificencia. Apenas tu mirada se posó en mí, abrí los ojos, estaba perdido. No irás más lejos que verte pálida en mi cara.

El abismo accede al dios por la apariencia. Todo acontecimiento no es más que un incremento de claridad. El murmullo de los juncos contiene el resplandor de la marisma.

Tu alma se agota en su rostro. Y te oímos abrir el cerrojo de la puerta donde brilla el óxido húmedo en los efluvios de bosta y una rosa. Escucha ahora a tu gran ángel que te mira.

El grito de un gallo calla. Que bordee el camino en el que, por momentos, la pálida estrella resplandece y, a mis pies, tiembla el barranco del abismo.

Referencia pues sin más razón que la admirable imagen de la ausencia de sí. El charco por donde huyen nubes grises, hojas ocre y migraciones de ocas es más rostro que la cara de Apolo.

El ser es el ser fuera de sí. El ser existe porque la nada le solicita esa gracia. El espíritu solo sufrió el velo al oír el desgarro.

El espíritu es testigo de que figuro solo al dios. Si me ausentara de mi nada, ¿en qué abismo caerías tú? Pero te encuentras en mí, en mí te verificas sin dulzura.

Que solo tus síntomas tengan autoridad sobre el espacio de los vestigios. Los trigos partieron a las trilladoras. La guadaña abre al cielo blanco el suelo negro, los aquenios bogan en las anfractuosidades de la tierra.

La moneda del álamo tintinea en la mesa del viento. Los estandartes de las vainas rozan con sus susurros de oro los rodrigones. ¿Quién es Yo? salvo un dolor que ya no lo quisiera.

Mi sombra prueba que obvio la luz. Una humareda azul entre los árboles prueba que el oficiante está a la obra. El viejo cura fusila el zorro de los bosques.

El tilo se tiende sobre la tela amarilla, la zarza está maculada de sangre. El cielo abierto sobre el abismo cenital de la palidez. Hoy te engendré.

Jean Grosjean
La Gloire, précédé de Apocalypse et Hiver, Gallimard, Paris, 2008
























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