"Cuando uno murió, lo envolvimos con tela
de algodón y lo trajimos tierra adentro,
donde el viento no pudiera encontrarlo. Le atamos
los pies, le sellamos la boca con brea,
porque los muertos pueden hablar
con la primera lluvia en primavera."

John Burnside


Los antiguos dioses 

Hoy están condenados
a vivir en las grietas,
en burbujas de yeso y óxido,
en telarañas
detrás de los muebles: 

hablando un lenguaje en ruinas
para vaciar el espacio,
sellados con el vapor
de las botellas, recluidos en los estallados
huevos de petirrojo
en algún desván desierto. 

Cada uno tiene su poder.
Cada uno tiene su fogón, su secreto,
su nombre local,
y cada uno tiene su manera de aprender
la habilidad del regreso
la ciencia del sangrar a través, cuando la cólera o el miedo
empañan la superficie
mareándonos y haciéndonos uno.

John Burnside


Ne de cest an

Conoces la región: jadis et naguère;
húmedas huellas en la nieve; húmedos huesos desmoronados;
húmedos terraplenes prensados bajo la escalera;
huevos de chorlito quebrados y armazones rotos.

Noviembre. Barres las moscas muertas
y sólo cuando el piso está limpio te das cuenta
lo arreglado que se ve un espacio cuando algo muere
y no deja ningún rastro de haber estado;

lo arreglada de la casa inhabitable
que no guarda en el tiempo ninguna traza espectral,
ningún frío familiar, empapado de sangre y pérdida,
sólo un hilo de viento, el sonsonete nítido del reloj
y la luz habitual del día, suficientemente clara para mostrar
lo que se derrite y lo que queda de la nieve del año pasado.

John Burnside


Parusía 

Podía imaginar una presencia bíblica:
un oscurecimiento de la materia como
este cielo cargado antes del advenimiento de la tormenta,
los árboles de lima cerca de la estación
empapados de lluvia,
un entumecimiento, una costra de pus y de sangre,
una herida en el viento, una voz en los tejados, 

–aunque creo que si viniera
sería algo más sutil:
un desvanecimiento en la vista periférica, un truco de la luz
o la noción de que las cosas se han vuelto

más cercanas: farolas y muros,
setos de alheña, árboles, la puerta del vecino,
íntimos de pronto y allá en la oscuridad
los animales definidos y descifrados,
–zorra y comadreja, lechuza y pipistrelo–
concedidos sus momentos de privilegio para dormir y matar.

 John Burnside



Pueblo minero en invierno

Todo se desvanecía en la nieve,
nudillos de carbón y huesos de zorro
y muñecas abandonadas en los jardines,
con labios encarnados y desnudas.

Sacábamos las palas para limpiar las calles,
pero al llegar la noche volvían a esfumarse
y los coches yacían enterrados y mudos
en Fulford Road.

Como si nos hubiéramos perdido, decía ella;
mas yo sentía a los vecinos soñando en la negrura,
y los veía envueltos en bufandas y abrigos
los domingos: almas prudentes, de pies estrechos,
convertidas en vástagos de una luz repentina,
asombradas de verse tan misteriosas.

John Burnside
de El mito del gemelo, 1994



Señal de stop, cerca de Horsley

Humo en el bosque
igual que un personaje de película muda
que caminara junto a los raíles.

Una forma que reconozco; no es humo, o no es sólo el humo,
y tampoco es la nieve sobre los avellanos
o las huellas de un zorro entre el andén y los árboles,

sino el invierno, ni amigo
ni extraño, como la niña que a veces vislumbro

al alba, cerca de la barrera, con un vestido
de bayas y aguanieve, viendo pasar el tren.

John Burnside


Sueño

Llegamos tan lejos, luego nos detuvimos para vernos:
este oro menor, esa memoria de la luz,
ángeles y pájaros en los árboles como en un cuadro primitivo;

y, aunque fuimos cuidadosos,
sabíamos que volvería a suceder,

la vida que olvidamos al morir
en el surco rayado
y repitiéndose, todo giro y chasquido

y palabras que ya no dicen nada,
igual que una canción de los cincuenta.

Entretanto, la eternidad aguarda: todas las sombras y destellos
que habríamos podido ver, hechos de los que habríamos podido ser testigos,
agachadiza, limoncillo, el clima en Roma o en Calcuta,

y, más allá, en la extensión de luz y tiempo,
los extraños con sus abrigos de lana y sus sombreros,
pasando adentro a una niñez que nada puede cancelar:

el viento en el piso de arriba, o el ferry de las nueve en punto
cruzando de aquí a allá en una lenta estela de nubes,

y abajo, en algún sitio, donde la gente llega o disminuye,
vísperas de radio y vapor
ante una cosecha de botes recién etiquetados.

John Burnside













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