Antidepresivos

Había baja de suplementos y de municiones.

La vida se nos había puesto cuesta arriba
y todo nos parecía muy lejano.
Cualquiera de nosotros
hubiese podido resbalar fácilmente por una aspirina,
escuchando canciones que venían del desierto,
pensando y pensando qué es lo que es y que será será,
cargando piedras de un lado a otro, rezándole a las lámparas,
muriendo con sentimiento como una rockola concurrida,
como una cigarra achicharrándose en la frontera
y todas esas cosas más o menos tristes.

A veces se nos partía una cuerda o se soltaban las tuercas
justo antes de salir al ruedo,
y entonces sí que había baja en todos los sentidos,
incluyendo las yerbas, las bombonas, las cantimploras,
la cara que te devuelve el espejo, el índice de credibilidad
y los niveles de autorrealización.

Y no es que dejásemos de hablar ante una audiencia respetable,
como tampoco dejaba uno de hurgar en las telarañas,
interesarse por el asunto criminal
o sospechar cuándo un fantasma
te está jugando una broma macabra.

Así que el mundo estaba aproximadamente así
hasta que llegaron los antidepresivos
traídos directamente de la farmacia
por una sílfide nocturna
con zapatillas deportivas.

Producen los antidepresivos
un estado alterado de la mente
que consiste en pensar todo el tiempo
que todo está bien.

Así que ahora estoy aprendiendo a tocar la flauta dulce,
a no ser tan duro con los de la junta de condominio,
a planear como un pajarraco negro
por encima de cualquier circunstancia.

Así que ya no se sufre tanto
por el recalentamiento planetario
o las medusas en vías de extinción.

Así que ya no más nada que no sea:
una flor de floristería, la siesta del desayuno
y la siesta del almuerzo,
un repentino arrebol en la cafetería
o fumar en la ventana
mirando estrellas muertas
antes que lleguen las lechuzas.

Como quedarse dormido
viendo una película en blanco y negro
y despertarse al día siguiente
creyendo haber soñado en tecnicolor.

Como participar en un bingo de caridad
sabiendo que lo ganado o lo perdido
contribuirá de igual forma
a la remodelación de una casa de reposo
para ancianos con demencia.

Como vivir a gusto con tu propio bostezo
y olvidarte del índice de credibilidad
o los niveles de autorrealización,
pues nadie te está viendo,
los días son inocuos
y ya no hay ningún nudo que desatar.

Producen los antidepresivos
un estado alterado de la mente
que consiste en pasar
y dejar pasar.

Producen los antidepresivos
un estado alterado de la mente
que consiste en quererse en cómodas cuotas
y a plazo fijo.

Luis Enrique Belmonte




Aquellos que buscan profundidades no saben
que detrás de la nieve azul
existe un lugar de raíces, de tierra negra,
del cual nunca podrán regresar. Descienden absortos
en su búsqueda tras la humedad de un beso largo.
Una vez abajo, serán olvidados por siempre.

Luis Enrique Belmonte


El jardín donde todo murmura

Recójanse en sus guaridas
los hombres y las bestias.
Concentrar bajo techo las mantas,
las humeantes tazas.
Que fluya bajo la garganta de las gárgolas
la voz de una memoria antigua.
Que se aquieten los amantes
en los cuartos de alquiler.

                          Sólo por esta tarde
callar, frotar los cuerpos contra los ventanales,
oír cómo resuenan secretamente
las rejas, los cristales, los estanques.

Retroceder con cada gota
hasta el jardín en donde todo murmura.

Luis Enrique Belmonte



Hoy no hay nada que decir.
La mano apenas puede alcanzar
el somnífero en la mesa de noche,
y sólo queda el amparo
de una lámpara que balbucea.

Esta geografía que se desploma,
silenciosa como la siesta de los gatos,
no tiene nada que mostrar,
a menos que el hundirse
con los días de esta Atlántida
sea algo digno de mostrar.

No hay nada aquí, no pidan los restos, no escarben más.
Será mejor recoger los cabellos caídos en las barberías
o trasfundir con nuestra sangre
a los canarios moribundos, pues hoy la nube
se niega a precipitar
y a los enanos que quedaban
se los tragó el carrusel.

Alguien encalla bajo una lámpara
sin la ramita que traen las gaviotas
a la proa del día extraviado.
Ni las barbas de un santo, ni el ocaso, ni nada.

Así que si alguien llama, grita o busca razón,
díganle que hoy, precisamente hoy, irrevocablemente
el hoy de aquí, casto, boquiabierto,
ojo de pez en la arena,
no hay nada que dar, nada del soluto del decir.

Luis Enrique Belmonte



Los corredores del miedo      

Iba yo tuerto y resoplando,
chapoteando entre charcas en donde se reflejaban
dientes de oro y hebillas de plata
manchadas por el cieno.

Buscaba una ramita que reviviera con un soplo
para que nacieran flores violetas
o un monte más tierno.

Pasaban los mancos con su perorata
junto a malévolos generales que escondían su tufo
detrás de cortinas de pólvora.

Iba tan asustado
como el que viene de la guerra
con una jauría detrás de la nuca,
pensando que a lo mejor
ya no existían las últimas trincheras,
espantando tábanos,
soplando cualquier ramita en ascua,
volando del susto
porque tan sólo llevaba un ojo.

Y con la cuchilla hacía surcos
que me permitiesen atravesar
densas regiones de caballos agónicos,
buitres en disputa,
perros azotados por espectros vengativos.

Eran los corredores del miedo.

Iba yo tuerto y resoplando.

Luis Enrique Belmonte



Oración del carnicero

Señor, lame nuestros cuchillos,
ensaliva las costillas y las vértebras.
Que estos tajones en la res
sean ranuras para llegar hasta ti.
Que la jifa no atraiga a las hienas,
y que los ganchos no hieran a los aprendices.
Diluye con tu lluvia toda la sangre que avanza,
lenta, espesa, por debajo de las puertas.
No dejes que los pellejos
sean vendidos a los traficantes,
ni dejes que nadie alce los fémures
de los que se han sacrificado.
Míranos a través de los ojos desorbitados de los bueyes.
Que la luz exangüe de nuestra única bombilla
ilumine tu escondrijo, entre venas, nervios
y tendones. Señor, deja que nos ensañemos esmeradamente
hasta llegar al suculento blanco de tus huesos
y que sienta tu presencia
en las manchas de los delantales o debajo de las uñas.
Bendice lo que queda, este banquete para perros,
moscas y zamuros, Señor, bendice lo más puro.
Y refrigera en tu silencio
toda la carne que amamos.

Luis Enrique Belmonte



Simpático barrigón

El barrigón simpático, morado o anaranjado,
con sus pasitos cortos
y aquella risotada tan contagiosa,
        ha llegado hasta aquí
para iniciarnos en el mundo
de los que no paran de hablar de sí mismos.

Y dice que todos están locos menos él.
Y tráiganle una gaseosa porque necesita combustible.
Y tráiganle su máquina procesadora.
Y tráiganle su aspiradora eléctrica.
        Y tráiganle también una tijera,
porque necesita cortar a otros muñecos
en tiritas bien menudas.

El barrigón simpático se mima el bigote
mientras busca un cinturón más grande
en los almacenes de ropa usada.
        Y te puya con un tornillo
si te encuentra desprevenido en la avenida,
con sus pasitos cortos
y aquella risotada tan contagiosa.

El barrigón simpático no se cansa de vociferar
en su despacho y en los ascensores,
en las ferias del libro y en las taquillas de pago,
en el salón del manicurista y en las cantinas,
en los aeropuertos o en el funeral del último poeta.

Morado o anaranjado, con sus pasitos cortos
y aquella cabezota de fieltro que lo está asfixiando,
        se agita como una coctelera
cuando no tiene suficientes aplausos.

Morado o anaranjado, sudando goterones de nicotina,
con la cornucopia alzada y aquel séquito
de admiradores que gritan: ¡que viva el barrigón simpático!
¡que viva el barrigón simpático!

Luis Enrique Belmonte




Voz en la espesura

Voz que te adentras en la espesura,
hazte ligera, canta,
fertiliza en lo más hondo,
esparce tus pájaros en la oscurana.

Voz que te adentras donde no hay morada,
donde lo blanco hiere en la intemperie
y lo negro acecha con un aletazo.

Voz desprendida, ala traslúcida, llama viva,
hierofante, primer y último temblor, avanza,
avanza en la espesura,
bebe del fondo de la ciénaga,
haz que brote el germen, la brizna,
el deseo de rozar
la piel de lo que no es palabra ni canción
sino asombro, incandescencia.

Luis Enrique Belmonte









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