Cata de vinos

Creo que detecto el cuero cuarteado.
Estoy segura que huelo las cerezas
del Shirley Temple que mi padre me compró

en 1959, en un bar en Orlando, Florida,
y el cloro de la bañera de mi madre.
Y los besos del invierno pasado, como sal en hielo negro,

como la luna alejándose de la tierra.
Cuando Li-Po bebía vino, la luna se zambullía
en el río, y él se tambaleaba.

Probablemente él saboreaba la risa.
Cuando mi amiga Susana bebe
llora porque es irlandesa

y no tiene hijos. Me gustaría saborear,
una vez más, la lluvia que llegó
una tarde y cayó un poco

donde estaba parada, entonces incliné mi rostro
sintiéndome viva en ambos mundos a la vez,
sabiendo que se terminaría y que no importaba.

Kim Addonizio


Elegía para Jon

El haz de luz del faro pasa sobre mí.
Nunca confié en el mar, siempre metiéndose
en las caletas, esparciendo símbolos de sal
sobre los hoteles de los turistas, reduciendo
embarcaciones y botes de remo a palitos. Suelo
encontrarme a mí misma, a su lado, deseando
que se convierta  en un lago
con quizá un muelle flotando cerca de la costa.
Si no fuese un lago, entonces un río
entre despeñaderos. Si no fuese un río
entonces un piano iluminado por la luna
provisto de peces. Toca irremediablemente
con la tapa cerrada,
Satie escribió en una de sus partituras
pero nunca descubrí en cuál
o cómo sonaba la música.
Pero ésta es una dirección en la que iría
una playa donde feas algas marinas
y una tecla del piano amarillenta son arrojadas
del océano. Desearía que la tierra
hubiera esperado un poco más
antes de tragarse a mi hermano.
Desearía que el mar dejara
de tragarse su nombre, mientras continúa
besando la arena, dejando
otra fría corona de flores a mis pies.

Kim Addonizio



Intimidad

La mujer que prepara mi capuchino en la cafetería—ojos oscuros, cabello rojo teñido,
cuello de tortuga negro y sin mangas—fue la amante del hombre con quien salgo ahora.
Ella no me conoce; somos extraños, y sin embargo no puedo mirarla
casualmente, como solía hacer antes de saberlo. Ella está junto a la máquina, hundiendo
la válvula
en la espuma de la leche, mirando al vacío—no sé qué es lo que piensa.
En lo que a mí respecta, ella bien podría estar recordando a mi amante, recordando lo
que sea que haya ocurrido
entre ellos—él nunca me ha dicho nada, excepto que no fue importante, y luego
cambia rápido de tema, demasiado rápido, ahora que lo pienso; ¿sería que él,
después de todo, había mentido?, ¿y no había cruzado brevemente por su cara una
expresión de
dolor? No puedo estar segura. De seguro no fue nada, me digo a mí misma;
no hay razón para sentirme incómoda aquí parada, o sentirme cómplice,
como si hubiera algo importante entre nosotras.
Ella podría estar pensando en cualquier cosa; pero, ¿por qué siento ahora la súbita
sospecha
de que ella sabe, de que ella me puede sentir mientras la estudio, mientras intento
imaginarlos juntos?—
su pintura de labios de un rojo oscuro, más oscuro que su cabello—mientras intento
verlo a él besándola, volteándola en la cama
en la forma en que le gusta tenerme. Me pregunto si tal vez
había cosas en ella que él prefería, cosas que él extraña ahora que estamos juntos;
a veces, cuando él y yo hacemos el amor, hay momentos
en los que me abruma la tristeza, y aunque estoy ahí con él no puedo dejar de pensar
en las manos de mi ex esposo, que me gustaban de un modo especial, y quisiera
regresar
a esa vieja intimidad, que a menudo se sentía como la más pura felicidad
que haya conocido, o que vaya a conocer. Pero todo eso ha acabado; y, además, ¿no
hubo otros amantes
que no dejaron rastros? Cuando los veo ahora apenas puedo recordar
cómo se veían desnudos, o cómo se sentía tenerlos
dentro de mí. Entonces, ¿qué es lo que siento mientras ella vierte el negro expreso
sobre la leche
y empuja la taza hacia mí, y yo le doy el dinero,
y nuestros ojos se encuentran por sólo un segundo, y nuestros dedos se tocan?

Kim Addonizio



Las mujeres

Nosotras, dieciséis. Nosotras Vicodin
y vino barato. Nosotras Dexedrine.

Nosotras, brazaletes robados y ropa
desordenada en los coches de los chicos

y tropezarnos en las pistas de baile.
Nosotras desperdiciamos años y deseos

y finalmente nos casamos
o esperamos por un rey que lave los platos.

Nosotras maldecimos a los jefes.
Nosotras damos a luz  y criamos

y sentimos nuestra desgracia.
Nosotras nos divorciamos. Nosotras crecemos

y pasamos de moda.  Nosotras compartimos el coche.
Nosotras perdonamos a aquellos que nos traicionaron.

Nosotras perdimos junio. Perdimos julio.
En agosto miramos los espejos y quisimos morir.

Nosotras, menopausia. Nosotras, preocupadas por el dinero.
Crema de noche de joyas de loto y flexiones de bíceps

lo intentamos. Nosotras compramos tacones.
Almorzamos. Nosotras encontramos moretones.

Nosotras ponemos los pies en los estribos
y nuestras vidas en las manos

y nuestros corazones en la rueda
que nos tritura,

y así
con el tiempo

nos pulimos en un duro brillo
y nosotras somos divinas.

Kim Addonizio



Por ti

Por ti, me desvisto hasta la cubierta mis nervios.
Me quito las joyas y las pongo en la mesita de noche,
me arranco las costillas, esparzo mis pulmones sobre una silla.
Me disuelvo como un remedio en agua, en vino.
Me derramo sin dejar rastro y me voy sin revolver el aire.
Lo hago por amor. Por amor, yo desaparezco.

Kim Addonizio



Primer poema a ti

Me gusta tocar tus tatuajes en total
oscuridad, cuando no puedo verlos. Sé con precisión
dónde están, conozco de memoria las delicadas
líneas de pulsante luminosidad sobre
tu pezón, puedo encontrar, como por instinto, los azules
remolinos de agua en tu hombro donde una serpiente
se enrolla, enfrentando a un dragón. Cuando te jalo
hacia mí, sosteniéndote hasta que estamos apagados
y quietos en las sábanas, me encanta besar
los dibujos en tu piel. Ellos durarán hasta
que seas ceniza; lo que sea que permanezca
o se transforme en dolor entre nosotros,
ellos seguirán ahí. Esta permanencia es aterradora.
Así que los toco en la oscuridad; pero los toco, y trato.

Kim Addonizio


¿Qué quieren las mujeres?

Quiero un vestido rojo.
Quiero que sea ligero y barato,
lo quiero demasiado ajustado, quiero usarlo
hasta que alguien me lo rasgue.
Lo quiero sin mangas y sin espalda,
a este vestido, así nadie tendrá que adivinar
qué hay debajo. Quiero caminar por
la calle, pasar por Thrifty’s y por la cerrajería
con todas esas llaves brillando en la vidriera
pasar por lo del señor y señora Wong que venden
donas del día anterior en su cafetería, por lo de los hermanos Guerra
que descuelgan cerdos de su camión hasta la plataforma
levantando los hocicos resbaladizos sobre sus hombros.
Quiero caminar como si fuera la única
mujer en la tierra y poder elegir.
Realmente quiero ese vestido.
Lo quiero para confirmar tus peores miedos hacia mí,
Para demostrarte lo poco que me importas tú
y cualquier cosa, a excepción de lo
que deseo. Cuando lo encuentre, sacaré ese vestido
de su percha, como si estuviera eligiendo un cuerpo
para que me lleve por este mundo, a través
de los gritos del parto y los gritos del amor también,
y lo usaré como huesos, como piel,
será el maldito
vestido con el que me entierren.

Kim Addonizio



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