Gente en los sueños 

Los sueños tienen gente.
y uno, dormido, es como una casa
que de golpe se llena de personas. 

Hay veces que ellas y uno, todos, caminamos y hablamos
y nos oímos apenas como si conversáramos desde lejos. 

Uno habla con los amigos muertos. 

Y cuando se recuerda
se hunde en un espejo, de espaldas,
las manos llenas de ademanes vacíos.
Y un día brillante queda lejos y solo.

Manuel J. Castilla



La casa

A María Angélica de la Paz Lezcano
y a Juan Antonio Medel

Ese que va por esa casa muerta
y que en la noche por la galería
recuerda aquella tarde en que llovía
mientras empuja la pesada puerta,

ese que ve por la ventana abierta
llegar en gris como hace mucho el día
y que no ve que su melancolía
hace la casa mucho más desierta,

ese que amanecido, con el vino,
se arrima alucinado al mandarino
y con su corazón lo va tanteando,

ese ya no es, aunque parezca cierto,
es un Manuel Castilla que se ha muerto
y en esa casa está resucitando.

Manuel J. Castilla


Balderrama
[Zamba]

A orillitas del canal,
cuando llega la mañana,
sale cantando la noche
desde lo de Balderrama,

Adentro puro temblar
el bombo con la baguala
y se alborota quemando,
dele chispear la guitarra.

Si uno se pone a cantar
un cochero lo acompaña
y en cada vaso de vino
tiembla el lucero del alba.

Zamba del amanecer,
arrullo de Balderrama,
canta por la medianoche,
llora por la madrugada.

Lucero solito,
brote del alba,
dónde iremos a parar
si se apaga Balderrama.

Manuel J. Castilla


Niño dormido en un mercado 

He visto un niño colgado del techo de un mercado
en Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. 

Dormía en su cuna de lona
entre el chillido verde tierno y hediondo de los monos,
entre ramos de acelgas arrugados,
entre los mágicos y desnudos cuerpos humanos de las zanahorias
junto al hebroso y blanco de las mandiocas

Ahora lo recuerdo
su sueño me quema todavía
con la leche apurada que le daba su madre,
con el pico crepuscular de los tucanes
que lo hubieran tragado como un tamarindo.

El niño era una semilla preñándose en la lluvia
sin saber si iba a ser una flor o una lechuga.

Manuel J. Castilla


Orillas del Pilcomayo

Vuelvo a mirar de nuevo el Pilcomayo
y el paso solitario de una garza blanquísima
derrumba ante mis ojos
una nevisca rosa en el crepúsculo.

Sobre esta tierra lisa,
en este chaco,
entre picadas blancas de arena que nos pierden
donde el silencio es una nube tendida y alargada,
sobre esta arena, digo,
dejo mis huellas para siempre
como quien se desviste de sombra y se entristece.

Aquí nace el polvoroso tatuaje de los chacos.
Se hunde en ellos como en su propia greda
y desde allí, ya medio ahogado,
canta con una voz de lámpara arcillosa.

Siente que dentro de ella
el chorote tristísimo
ahúma con resinas de algarrobo nuestro origen,
lo pone en unos leves hilos de cháguar,
lo tinta en las raíces calientes de las tuscas
y nos lo da como a su primer beso,
tímido y luminoso.

Déjenme que recuerde
esta guirnalda pobre:
este poco de vino por el viaje
que Nisapé emprendía siempre desde su sueño,
"-Nisapé -me contaba- quiere decir el indio que
siempre va lejos."

El Pilcomayo,
su arena yendo ahogada en suaves tumbos
tragaba y devolvía
el más hermoso esplendor de los días
y al pie del cielo caído
acezaba el más leve latido de la tierra.

¡Oh, riberas, oh río,
oh garzas lentas!
¿Cómo podré olvidaros?
¿A cuál de ustedes cuento este recuerdo?
Era un quirquincho niño el que mamaba.
Prendido de las ubres de la madre redonda
eran los dos, un trozo tierno de la luna,
piedras llenas de leche
rodando en el arroyo de la vía láctea,
toca goteando la vida miedolenta.

Pilcomayo.
Gajo vivo del chaco.
Sombra de mi memoria apaciguada.
Mármol brotando blando del desierto
herida abierta
por el insomne canto de los pájaros.

Ando en tu hollejo bayo.
Toda mi barba es rama de tu harina polvorosa.
Canto bagualas, lejos, con tus gauchos
mientras caigo en la luna, enorme y amarilla,
como en el más antiguo corazón de las frutas.

Manuel José Castilla
















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