Carta 

(A Themo Amurgui)

No tengo una hoja de los viejos árboles verdes.

En este papel te escribo mi tristeza
tan leve que la lleva el viento,
tan buena y tierna que el sol no se sorprende,
noble como el silencio que camina de noche
en la hierba. Simple y pura como el agua que corre
sin que nadie adivine que nació de la tormenta de ayer.

Muchos han muerto. Muchos seguimos viviendo. Todos estamos
heridos. El mundo pesa de tanto dolor.

Con el silencio del mar recibirás mi tristeza.
Te envío este eterno "no me olvides", es una
luz plegada en una pequeña nube.

Te envío este corderito, pues está cerca de Dios,
para que lo lleves a su verde jardín.
Te envío este niño con el pie quebrado.
Álzalo hasta la ventana con el Lucero,
cerca del mundo, cerca del sueño.

Cerca de tu bondad cálida como el aliento de una madre.
Cerca de la chimenea donde apoyas la mano en la frente
y sueñas con la felicidad del hambriento, del soldado, del enfermo.

Colócalo cerca de la verde bandera. Cerca del rojo
caballo. Junto a tu madre que rodeada
por los gorriones de enero teje la esperanza.
Colócalo cerca del suspiro de la amistad. Cerca, muy cerca.
Siéntalo y abre como una sonrisa la ventana
para que vea el mundo.
                                    Nada más, querido Themo. Como siempre
peregrinando por la tierra del sol, te saludo
con el ala de mi pena. 

Nikiforos Vretakos


La poesía épica

También un sonido lleno de sol y amor
es una epopeya. Es una esfera
en perpetuo movimiento. Y la hoja de un árbol
y los electrones que giran en una
molécula de luz manteniéndola en el infinito
son una epopeya.
Como los protones
bombardean el átomo
así bombardeaba mi alma el poder
de los soles de Dios. Y se levantó
en mi corazón una marejada de luz,
remolinos de sentimientos. Todo cuanto veo
se vuelve en mí sonido y ya
no me queda nada más. ¿Cómo y con qué
indagar el tiempo, el espacio,
la estructura de la materia, extender números
sobre mi gran mesa?
Todo
se convierte en sonido. No me resta sino
soplar leve pero eternamente, como
un aire de rosa, en todo
el mundo.
Inclusive una
gota de amor en un libro
es una epopeya.

Nikiforos Vretakos


Madre e hijo (1940)

En el desfiladero de la historia el hijo luchaba incansablemente
y la madre sostenía las montañas para que su hijo se mantuviera firme.
Bronce, nieve, nube. Y resonaba el Pindo
como si Dionisios estuviera de fiesta. Los torrentes
arrastraban canciones y los abetos saltaban y bailaban
las piedras. Y todo clamaba:
"¡Adelante, hijos de los griegos...!"
Las almas se cruzaban en el horizonte como espadas resplandecientes,
los ríos retrocedían, se desplazaban las tumbas.

Y las madres subían como Vírgenes por los afilados barrancos.
Con su plegaria el hombro hacia el hijo subían
y el viento las hacía tambalear con su carga
y desataba sus pañuelos y arrebataba sus cabellos
y azotaba sus faldas y las hería con su espada,
pero ellas marchaban virilmente hacia lo alto, piedras tras piedra,
y escalaban la cumbre, hasta perderse entre las nubes
con la frente alta una detrás de otra.

Nikiforos Vrettakos o Nikiforos Vretakos



Mi sol

Me robaron el sol, pero yo lo encontraré.
He arreglado un encuentro secreto con él,
como quien va por un diario clandestino
o un material ilegal. Me llenaré el pecho
con grandes hojas de oro y lámparas para mi escondite.
Antes que hagan desaparecer mi alma la haré circular
de mano en mano en la noche.

Nikiforos Vretakos


Mis versos se parecen

Mis versos se parecen al dorado contacto del sol sobre la nieve
se parecen a la bondadosa mirada de los caballos
se parecen al peso del alba sobre las margaritas
se parecen al peso de la esperanza sobre el corazón
se parecen a la apacible lluvia sobre las abnegadas ovejas.

Nikiforos Vretakos


No hay soledad

No hay soledad allí donde un hombre
excava o silba o lava sus manos.
No hay soledad allí donde un árbol
agita sus hojas. Allí donde un insecto
sin nombre encuentra una flor y se posa,
donde un riachuelo refleja una estrella,
allí donde sosteniendo el seno de su madre
con sus pequeños labios abiertos y felices
duerme un niño, no hay soledad.

Nikiforos Vretakos
de "El Fondo del Mundo"



Nuevo crepúsculo detrás del Taigeto
 
Si lloro
es por mí.

Sol que declinas
como una gran
rosa traslúcida
(igual que si se abriera
como un capullo
la misma cumbre)
no encuentro otra manera,
en este instante,
de expresar la luz.

Nikiforos Vretakos


Ordenar

Tomo mi alma y la llevo a caminar
y su sonrisa comienza a endurecerse.
Ella es la que me dice: echo de menos la lluvia,
el sol en las montañas o en las nubes
y el viento que se levanta incesantemente en el bosque,
todo aromas y esencias, leche y música.
Como ciervo sedentario, el guía tiene
el pecho luminoso y fluido de la eternidad,
renuevo la luz de la sangre en su interior y vuelvo
a la vida; en su sonrisa
un acento fresco de inmortalidad.

Nikiforos Vretakos


Reparto

Lo más probable es que nadie me pregunte
qué hice con mi alma. Pero yo
necesito dar una respuesta antes de cerrar mi
monólogo en verso.
Pues bien,
corté mi alma con una afilada tijera en pequeñas
hojas, pequeños papeles, relámpagos pequeños,
y la reparto entre los transeúntes.

Nikiforos Vretakos

















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