La aguja del corazón

A Cynthia  

Cuando no regresó a los buenos vestidos y a la buena comida, 
a su casa y a su gente, Loingseachan le dijo, 
“Tu padre ha muerto.” 
“Lamento escucharlo,” contestó. 
“Tu madre ha muerto,” le dijo el chico.
“Toda piedad para mi se ha ido del mundo.”
“Tu hermana, también, ha muerto.” 
“El suave Sol descansa 
En cada fosa,” dijo; “una hermana quiere
a pesar de no ser querida.” 
“Suibhne, tu hija ha muerto.” 
“Y una hija es la aguja del corazón.” 
“Y, Suibhne, tu pequeño, que te llamaba “Papi” –ha muerto.”
“Ay,” dijo Suibhne, “esa es la gota que
hace a un hombre desplomarse.”
Y cayó del árbol; 
Loingseachan tomó sus manos y lo esposó.  
Del romance Irlandés, La Locura de Suibhne.    
  
1  
Hija de mi invierno, nacida
cuando los nuevos soldados caídos se congelaban
en los empinados barrancos de Asia y apestaban la nieve,
cuando me desgarraba  

un amor que todavía no podía calmar, 
un miedo que silenciaba mi acalambrada cabeza
esa guerra fría donde, perdido, no podía encontrar
paz en mi voluntad,  


todos esos días en que mantuvimos
tu mente como un paisaje de nieve prístina
donde el granjero friolento encuentra, debajo, 
sus campos dormidos  

en su suave cubierta, blanca
como una manta que calienta la cama
del dolor o del nacimiento, inmaculada como papel extendido 
para que yo escriba,  

y piensa: he aquí mi tierra
sin marcas de agonía, la leve pisada
de la comadreja persiguiendo la pesada bota del trapero;
y he planeado

mis oportunidades de impedir
los tormentos del inclemente verano o
aumentar la cosecha antes
de que vuelva a nevar.  

2    
Finales de Abril y tú tienes tres años; hoy 
    plantamos tu jardín en el patio.  
Para prevenir que perros realengos por la noche 
y los túneles de los topos, dañen tus juegos,    
cuatro delgados palos hacen guardia        
     levantando su delgado hilo. 
    
Pero  fuiste la primera en demolerlo.       
Y después de batir bien la tierra   
trajiste tu regadera para ahogar
a la tierra y a nosotros con ella. Pero estas semillas mezcladas 
están metidas con leve marga en firmes filas.          
Hija,  hicimos lo mejor que pudimos.    

Alguien tendrá que sacar las malezas y esparcir      
los jóvenes retoños. Regarlos en la hora  
en que cae la sombra sobre sus lechos.
Tendrás que mirarlos diariamente    
porque cuando florezcan       
yo estaré lejos.  

3  
El niño en medio de ellos por la calle
llega a un charco, levanta los pies  
y cuelga de sus manos. Se sorprenden
del peso y se acercan, 
retroceden para mecerlo a través del tiempo,   
se atiesan y se separan.  

Leemos sobre soldados de la guerra fría que
nunca avanzaron, nunca cedieron, se sentaron   
firmes en sus frías trincheras.
El dolor se cuela desde alguna carie
a través de los dientes ordenados como regimientos     
la mandíbula se cierra y muele  

hasta que algo en alguna parte cede.
Es mejor que los pobres soldados vivan     
en las manos de otro  
que caigan donde irremediables poderes caen
sobre cosechas y graneros, en pueblos donde todo    
arderá. Y ningún hombre permanece.  

Por su bien, cortan y dividen  
la tierra ganada y perdida. En cada lado     
se devuelven prisioneros 
excepto algunos nombres desconocidos.
El campesino vuelve atrás y reclama     
sus campos quemados por extraños   

y nadie parece estar muy complacido.   
Es lo mejor. Aun, lo que no debe ser apropiado       
crispa al puño vacío.
Tiré de tu mano, una vez, cuando odiaba
menos las cosas: un mero juego dislocó    
el radio de tu muñeca.  

Huesecillo de amor, hija, aunque me he ido  
como deben hacerlo los hombres y te he dejado desdibujarte     
para calmar a otros, 
quizá sea bueno que una obra China
o el mismo Salomón pueda decir       
yo soy tu verdadera madre. 

Nadie puede decirte por qué 
  la temporada no espera; 
      la noche en que te dije 
que debía partir, sollozaste de una forma aterradora 
      para quedarte hasta tarde despierta.   

      Ahora que el abanico está girando, 
  damos nuestro paseo 
entre las flores municipales,
      robamos una de su tallo, 
      tratamos de conversar. 

Resollamos como gigantes bocones
dispersando con nuestro aliento 
grises dientes de leones; 
secuela de helados vientos es la primavera.
      Dice el poeta.  

Pero los ásteres, también, están grises, 
un gris fantasmal. El frío de la noche pasada 
 pone en camino a 
petunias y enanas caléndulas, 
   jorobadas y viejas.  
         
   Como nervios sujetos en un gráfico, 
la escarcha  ha borrado a 
 la mitad  de la vid de campanillas
aun garabateada a través de sus rígidos cordeles. 
      Como líneas rotas  

   de versos que no puedo componer.
En su telar enmarañado 
      encontramos una flor para llevar, 
con algunos capullos tardíos que quizás florezcan, 
      de vuelta a tu habitación.    

      Viene la noche y el rocío se endurece. 
Me cuentan que la hija de un amigo lloraba 
      porque un grillo, quien 
había trovado toda la noche frente 
a su ventana, ha muerto.     
 
 
 
De nuevo el invierno y cae la nieve;  
Aunque todavía tienes tres años,  
Ya estás creciendo  
Extraña a mi. 
 
Parloteas sobre nuevos amigos, cantas  
Extrañas canciones; no sabes  
Hey ding-a-ding-a-ding 
O a dónde voy 
 
O cuando te canté al acostarte, El zorro 
salió en una noche fría, 
Antes de salir a por una caminata  
Y no te escribí; 
 
No te preocupan borrascas y tormentas  
Hace tiempo renovadas;  
Afuera, la densa nieve trepa  
En mis huellas  
 
Y se arremolina en almacenes sellados,  
Oscuras boyeras arrebujadas, quietas,  
Más allá del campo vacío,  
Del  monte del zorro  
 
Donde él  retrocede y ve la pata  
Arrancada, incapaz de sentir;  
Concedida a la trampa 
dentada de acero azul. 
 

6

     La Pascua ha vuelto de 
nuevo; el río se eleva
      sobre el terreno descongelado 
y la ribera. Cuando viniste trajiste 
   un huevo teñido de lavanda. 
 Desde nuestra orilla gritamos para oír 
nuestras voces que regresaban de las colinas para salirnos al paso.  
   Necesitamos el paisaje para multiplicarnos.             

          Bailaste por primera vez en esta orilla.  
Mientras nueve meses llegaban al término, sabíamos 
    como a tus pulmones, inmersos 
en el útero, les crecieron milagrosamente 
    sus inútiles pliegues hasta 
 que el feroz y helado aire se apresuró a llenarlos 
como arbustos colmados de hojas. Decidiste tu hora, 
aguantaste el aliento, y lloraste con toda la capacidad de tus pulmones.           

       Sobre el estancado muelle 
todavía vemos las hambrientas golondrinas de la orilla 
    galantes en su libre 
vuelo, nos hundimos en el lodo para seguir 
   al chorlito desde la hierba 
que oculta el nido. Durante ese marzo hubo 
lluvia; el río subió; podías escuchar los chorlitos volando 
toda la noche lamentándose sobre la lodosa planicie. 
        
    Recuerda cómo el pájaro negro 
de alas rojas gritaba, sacudiendo sus frágiles alas, 
    bajando en picado hacia mi cabeza  - 
    Vi donde su fuerte nido se acuna, se mece
          en altos juncos que deben hamaquearse 
con los vientos soplando en todas direcciones. 
Si sigues recordando, recuerda este lugar. Todavía  
vives cerca – en la colina opuesta.           

    Tras la cortante tormenta de viento 
del cuatro de julio,  todo ese verano 
    a través de las cálidas y gentiles 
tardes, escuchábamos grandiosas  sierras eléctricas chillar  
como langostas de acero. Cuadrillas 
de rufianes hormigueaban para segar 
ramas arrancadas por el viento disperso, para cortar
todas las espinosas ramas que pudieran arruinar el árbol.    

En los escombros yace 
el estornino, muerto. Cerca del parque 
      sorprendimos un día 
a una altiva paloma morena salpicada de bronce. 
       Se agitó en mis manos
tan temerosa de que la dejara ir. 
Su guardián vino. Y le ayudamos a meterla en su nido. 
Me hacías ver cosas que yo pronto olvidaría.         
  
   Me hiciste recordar 
una noche de otoño en que vine una vez más 
a sentarme en tu cama; 
una corona de sudor se alzaba en tus brazos y en 
tu frente y tú jadeabas por aliento, 
por socorro, como una  niña  atrapada, ahogándose ahí, bajo 
sus cómodas sábanas de algodón. 
Tus pulmones atascados e incapaces de respirar.           

   De todas las cosas, tan sólo 
tenemos el poder de elegir cuando es tiempo de morir; 
      no hay nada más en este 
mundo que podamos negar. Aun así, yo, 
quien dice esto,  tuve días en que no pude alzarme 
de la cama para enfrentar a este mundo
ladrón. Hija, ya tengo otra esposa, 
otra hija. Intentemos elegir la vida.           

 
Aquí en el áspero polvo  
está nuestro terreno de juego. 
Te alzo en tu columpio y debo 
empujarte a lo lejos, 
verte retornar de nuevo, 
darte impulso de nuevo, luego  

esperar tranquilo hasta que vuelvas. 
Tú, aunque ascendías 
más alto, más allá de mí, a lo lejos, 
caerás  de vuelta a mí con estruendo. 
Mal centavo, péndulo, 
 mantienes mi ritmo constante 
  
para balancearte en el azulado Julio 
donde gordos jilgueros vuelan 
sobre el deslumbrante, fecundo 
alcance de nuestras crecientes caídas.
Ahora nueva vez, en este segundo, 
te sostengo entre mis manos. 



Yo te insistía lo mejor que podía 
   aunque no servia de mucho; 
no tolerabas tu comida 
hasta que la dulce y fresca leche se agriaba   
con jugo de limón. 

Eso te alborotaba como una buena broma.  
El primer junio en el  patio 
como Nerón en cuclillas durante una fiesta 
te sentaste y masticaste el clavo dulce. 
Eso ha terminado. 
 
Cuando fuiste lo suficientemente mayor para caminar 
fuimos al zoológico a  alimentar 
los conejos con hierba dulce; 
vimos el par de monos, encerrados, 
consumiendo su sal.   

De vuelta a casa vimos las lentas 
estrellas que nos seguían bajo la bóveda celeste. 
Dijiste, vamos a atrapar una que esté bajita, 
despellejarla 
y preparárnosla de cena. 

Como el proveedor ausente, 
rara vez te convidaba a tales comidas; 
comíamos en restaurantes locales 
o traíamos los almuerzos que podíamos empacar 
en una bolsa marrón 

con un pan rancio y seco que le arrojábamos a los patos 
en  la laguna verde e inmunda. 
Galletas para los puerco-espines y los zorros. 
Caramelos para que los astutos mapaches 
 los frieguen y los enjuaguen   

arrojándolos  luego en  sus mugrientos cubos 
y contemplándolos entre sus garras. 
Cuando me mude cerca de la cárcel  
aprendí a freír
tortillas  y pastelitos  de manera que  

pudiera prepararte meriendas en mi mesa. 
Mientras me reconstituía de la desesperanza, 
cuando fui capaz, 
la única solución posible era   
que vinieras lo menos posible.   

En Halloween vienes una semana. 
Te disfrazas de zorro 
bermellón, lustrosa, 
gorda y bizca  en el desfile   
 o donde asoman las lámparas con malicia 

vas con tu bolsa de puerta en puerta 
recogiendo obsequios. Que bizarro:   
cuando te quitas la mascara 
mis vecinos olvidadizos se preguntan  
de quién eres hija. 

Por supuesto pierdes el apetito, 
lloras y no quieres tocar tu plato; 
como una ley local 
coloco tu comida en un cajón naranja 
en tu cuarto durante días. De noche 

te tiendes dormida ahí en la cama 
y te rascas el mentón.  
Con toda certeza los crímenes de tu padre 
te están  
visitando.  Tú me visitas de vez en cuando. 

Se acabo el tiempo.  Ahora nuestra calabaza me ve 
trayéndote tu maleta. 
Se aguanta la risa; 
la frente se arruga,  hundiéndose. 
Este año rompiste tú primera corteza de nieve 

del escalón para comértela. 
Aunque nos manejamos bien por días 
ansío dulces cuando te vas y sé  
que estos pudren mis dientes. Así es, nuestra dulce  
dieta  nos provoca caries. 


Aunque el seco terreno no tendrá 
las pocas volutas secas de nieve 
y no debe estar tan frío, 
avanzo entumecido.  
Un amigo me pregunta como he estado 
 y no lo sé 

o no encuentro muy correcto preguntar. 
O que sentido tendría saber. 
Desde hace tres meses que volviste
las hojas y la nieve han caído; 
Tus fotos pegadas sobre mi escritorio
 aparentan ser las mismas. 

De alguna forma me he venido a encontrar 
a mí mismo en los salones del tercer piso
del museo, 
caminando para matar el tiempo de nuevo 
entre los perennes y resignados 
 animales disecados, 

donde, a través del capricho 
de una centuria, desplazamientos y 
la conocida traición entre 
guerras, ellos escuchan algún viejo mandato 
y en sus apacibles reinos se congelan 
en esta escena inmóvil, 

Nature Morte. Aquí 
junto a la puerta, su guardián, 
   el dodo moteado se alza
donde tú y tu media hermana corrieron 
gritando y señalando. Aquí, el pasado año, 
tirabas de mis manos 

y tuviste tu primera y peor pataleta, 
así que tus juguetes fueron puestos en los estantes.
 Aquí en la primera  jaula de cristal
los pequeños linces se arquean, 
aun practicando sus gruñidos  
de constante rabia.  

El visón, aquí, inmenso, 
empuja su ternero, ceja a ceja, 
 y lo mira a los ojos 
para ver en que está pensando ahora. 
 Te forcé a obedecer; 
No sé por qué.  

Aun la esbelta leona 
más allá de ellos, en la saliente   
de pizarra y arbustos desérticos,
se detiene mirando siempre hacia el borde, 
se para tiesa y bronceada y envidiosa
 sobre su cachorro; 

con cuernos enganchados en un alto brezo, 
dos grandiosos alces saltan, 
   pegados en su odio perenne
hasta que el hambre los trae ambos al suelo. 
Quien en igual debilidad se ata 
 nadie debería separarlo.  

Pero separados en el océano 
de hielo quebrado, el oso blanco se tambalea 
más allá de los curtidos grupos 
de sosas  y dispersas focas árticas 
detenidas aquí en un  movimiento violento 
como de tropas napoleónicas.  

Nuestros estados han permanecido demasiado 
en la guerra, temblando de odio y horror, 
están paralizados en la bahía; 
una vez que estemos fuera de alcance, dijimos, 
creceremos fuertes y razonables.  
 Algún otro día. 

Como los fríos hombres de Roma, 
hemos ganado costosos campos  para sembrar 
de sal, nuestra única semilla. 
Nada más que una herida crecerá. 
Te escribo tan sólo los más amargados poemas 
que no podrás leer. 

Onán quien no procrearía 
una hija para tomar el pan de su hermano 
y ser el producto de su hermano, 
se levantó y dejó su justa cama, 
salió y derramó su semilla 
en la helada tierra.  

Apoyo al que no ha nacido, 
A niños color masilla enroscados
 en jarros de alcohol, 
que no despiertan a ningún otro mundo, 
sin cambios, donde ningún ojo está de luto. 
 Veo  la placenta 

que envuelve un gatito, muerto. 
Veo las ramas de la doble garganta 
de una potra de dos cabezas; 
veo al chivo hidrocefálico; 
aquí está la rizada e hinchada cabeza, 
 aquí, el cráneo bullendo; 

piel de un cordero sin miembros, 
un feto de caballo, momificado; 
montados y unidos para siempre, 
los perros siameses que andan,   
estómago con estómago, mitad y mitad, 
 que nadie habrá de cortar. 

Avanzo entre los tumores, 
entre tejidos gangrenosos, bocios, quistes,
entre fístulas y cáncer, 
donde el hombre de las malignidades despreciadas 
está suspendido y persiste. 
 Y no conozco las respuestas. 

Las ventanas se tornan blancas. 
El mundo se mueve como un corazón enfermo
envuelto en hielo y nieve.  
Tres meses hace que hemos estado apartados 
a menos de una milla. No puedo pelear 
o dejarte ir.  


10 

El vicioso invierno finalmente cede 
al verde trigo invernal; 
El granjero, cansado en  los cansados campos 
que no se atreve a dejar, comerá. 

Una vez más las pistas frescas; imperan
los lechones, como jarras de cerveza negra, 
pillan a su vieja marrana contra la barandilla
para hacerse de sus hinchados pezones

y los potrillos persiguen a las yeguas
que circulan en el pasto;
las temporadas nos traen de vuelta una vez más
como caballos de tiovivo.

Con boca de azafrán, hambre perenne, 
 llega la Primavera al parque;
asamos perros calientes en viejas perchas
y alimentamos a los cisnes con migas de pan,

pagamos nuestros respetos a los pavorreales, conejos, 
y al curtido ganso de Canadá
quien tomó, el otoño pasado, nuestros hábitos de blancos domesticados
y ahora no desea libertad.

Como un rey, el gallo faisán 
 marcha junto a sus dudosas gallinas;
el puercoespín y el delgado zorro rojo
trotan alrededor de las jaulas de solteros

y el trencito pintado en miniatura
 chilla en su carril oval:
dijiste, ¡me voy a Pennsylvania!
y saludaste. Y has vuelto.

Si te amaba, dijeron, me iría
a buscar mis propios asuntos.
Pues, una vez más este abril, hemos
vuelto a los osos;

castigados y cuidados, tras las rejas,
los mapaches, a pan y agua, 
estiran sus delgados dedos negros hacia los nuestros.
Y tú aún eres mi hija. 

William Snodgrass


La ciénaga

Contiendas y nenúfares
se aquietan en las pesadas aguas;
una treintena de ranas
saltan a cada paso que das;
el vientre de un pez resplandece
confundido entre los podridos troncos.

Allá cerca de las rocas grisáceas
ratas almizcleras se sumergen y giran.
Saliendo de su contorno de limo
una negra babosa de agua se arrastra
invertida sobre la superficie
hacia aquel alimento que ha de elegir.

Tú alzas los ojos; mientras caminas
el sol se estremece y cae preso
en el cerco de cañas de los árboles,
entre sus tallos muertos.
¿Hurgas en el barro, viejo corazón,
qué estás haciendo aquí?

William De Witt Snodgrass



Quien roba mi buen nombre 
 

                                                            A la persona que obtuvo mi número de tarjeta débito y gastó $11,000 en cinco días 

Mi pálida hijastra, recién salida del bus escolar,
masculló: “¡Bueno, esta es la última vez que digo que mi apellido
es Snodgrass!”. Así pues, que ese anónimo
varón mexicano que pródigamente reclama 

mis líneas de clan, identidad y los dieciséis
dígitos que desbloquean mi cuenta bancaria,
se lo piense dos veces. Que menos que un nombre propio
ha sido tomado por tres exesposas, cada una por un monto 

que excede todo lo que usted ha despilfarrado, cada una más que contenta
por cambiárselo de nuevo. Ese apellido que usted finge
puede tener más consecuencias que recibir burlas
de niños tontos o ser rastreado por detectives bancarios. 

No subestime su historia: uno de los nuestros tocó
piano en la transmisión semanal de su prisión;
uno se enriqueció en un fraudulento quiz show; uno hizo
un desastre que costó la Serie Mundial. Mi propio pasado 

lo podría someter a culpa por asociación:
si escribe algo más que cheques falsos,
abandone toda esperanza de ser publicado en una gran editorial
o premios —los críticos rehúyen del nombre como al sexo 

sin condón. Quienquiera que roba mi cartera
ayuda a encadenarme de nuevo a mi mesa de escribir
para diversión y lucro. Así que reciba las gracias con mi maldición:
que su seudónimo lo ayude a enviarlo a su pluma.

William Snodgrass


Sentado afuera 

Estas sillas de jardín y la chaise lounge
de voluminosa madera de secuoya fueron compradas para mi padre
hace veinte años, luego desplomadas en el patio
adonde él iba raras veces cuando aún podía trabajar
y nunca se quedaba un largo rato. Su brazo izquierdo
en un cabestrillo, luego talado, ahí fumaba o dormía
mientras el tiempo duraba, miraba qué autos pasaban,
leía los reportes de la bolsa, contaba pastillas,
luego dormitaba de nuevo. Yo no fui allá
en esas últimas semanas, harto de los delirios
que ellos aún tenían, su charla de planes
para algún tour en bote o un viaje a las Bahamas
una vez que se hubiera recuperado. Bajo nuestros sauces,
a este viejo conjunto le ha ido bien: nos hemos sentado en compañía,
leído o tomado notas —aunque los apoyabrazos
se ponen secos y astillosos o las llantas se caen
por lo que todo el armazón se debilita si se arrastra
a través del áspero terreno. Claro que los árboles,
también, pueden no durar: las hojas se huracanan,
las ramas se quiebran, la corteza perforada
se separa, luego se desprende. Yo mismo tengo un hijo
con cosas por las que preocuparme. A veces pienso
desde que me retiré, sentado aquí a la sombra
y sintiendo los vientos virar, que debo de haber estado lleno
de un pavor infantil de que podías encontrar a alguien muriendo
si te acercabas demasiado. Y no puedes estar seguro del todo.

William Snodgrass



Una casa con llave 

Mientras conducíamos de regreso, cruzando la colina,
la casa aún
oculta entre los árboles, yo siempre pensaba
—un miedo de tonto— que podría haberse encendido
en llamas, alguien podría haber penetrado.
Como si las cosas debieran de ser
demasiado buenas aquí. Aún, siempre la encontrábamos
bien asegurada, sana y salva.

Mencioné eso, una vez, a manera de chiste;
hablamos, sin lugar a dudas,
sobre lo absurdo
de temerle a la envidia de un dios arisco
de nuestra buena fortuna. Desde la granja
de al lado, nuestros vecinos no vieron que algún mal
llegara a las cosas que queríamos aquí.
¿Qué teníamos que temer? 

Tal vez debí haber pensado: todas
esas cosas se pudren, caen
—graneros, casas, muebles.
Los dos somos más fuertes que lo que éramos
separados; hemos crecido
juntos. Todo lo que poseemos
puede arder; sabemos lo que cuenta —una idea
de ese estilo. Dijimos tanto.

Hemos visto a amigos llevados a la traición;
sintieron que el amor les vació
algún yo que necesitaban.
Habíamos dicho que el amor, como un brote, puede alimentarse
del odio que entregamos y disfrazamos;
nos advertimos. Que tú podrías despreciarme
—odiar todo lo que más amamos—
ninguno de los dos lo pudo haber adivinado.

La casa aún está en pie, con llave, como estuvo en pie
intocada unos buenos
dos años después de que partiste.
Algunas cosas se perdieron en el acuerdo;
algunas cosas se escabulleron. Suficiente ha quedado
para que yo vuelva algunas veces. El robo
y el vandalismo eran de nosotros.
Tal vez debimos haberlo sabido.

William Snodgrass o W. D. Snodgrass











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