"Cazaron, comieron, hicieron el amor, bailaron, mataron. Por donde caminaban dejaron un sendero de música. Envolvieron todo el mundo en una canción, y por fin, al terminar la canción, se cansaron. El sus miembros sintieron el frío de las épocas, algunos volvieron a la tierra ahí donde estaban parados y otros fueron a las cuevas, se fueron a su hogar eterno, a la tierra de sus antepasados que los habían dado la vida. Todos volvieron."

Bruce Chatwin


"El cambio es la única cosa por la que merece la pena vivir. Nunca aparques tu vida en un escritorio. Lo que sigue son las úlceras y los problemas cardíacos."

Bruce Charles Chatwin


"El verdadero domicilio del hombre no es una casa, sino la calle, y la vida es un viaje para hacer a pie."

Bruce Chatwin


"En Australia todo es espinoso. Incluso la iguana tiene la boca llena de espinas."

Bruce Chatwin


"En teoría, por lo menos, toda Australia se podía leer como una partitura musical."

Bruce Chatwin


"¡La Patagonia! Es una amante exigente. Te embruja. ¡Es una hechicera! Te atrapa en sus brazos y nunca te suelta."

Bruce Chatwin




“Lo que me encantan son las frases claras, de ritmo fuerte, con una floritura fantástica al final.” 

Bruce Chatwin



“Los bosquimanos, que recorren inmensas distancias por el Kalahari, no imaginan la supervivencia del alma en otro mundo. Cuando morimos, morimos -–dicen--. El viento borra la huella de nuestras pisadas, y ése es nuestro final.”

Bruce Chatwin



"Los crímenes de guerra no existen... La guerra es el crimen."

Bruce Chatwin




"Los pingüinos son monógamos, fieles hasta la muerte. Cada pareja ocupa una parcela mínima de territorio y expulsa a los intrusos."

Bruce Chatwin



“Me voy a la Patagonia.” 

Bruce Chatwin



“Mi mochila está tomando la más bella pátina.”

Bruce Chatwin



"Mis libros parecen vagabundear por la memoria."

Bruce Chatwin



"Para crear algo nuevo siempre debí buscar inspiración en la realidad."

Bruce Chatwin



“Quienes de nosotros presumen de escribir libros caen al parecer en dos categorías: los estables y los itinerantes. Hay escritores que sólo funcionan a domicilio con la silla adecuada, los estantes de diccionarios u enciclopedias, y ahora tal vez, con el ordenador. Y luego están estos otros, como yo, que quedan paralizados por el domicilio. Para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor, u que ingenuamente creen que todo estaría bien con que sólo se hallaran en alguna parte. Incluso entre los muy grandes se encuentra la misma dicotomía: Flaubert y Tolstói, que trabajaban en sus bibliotecas; Zola, con una armadura junto a su escritorio; Poe, en su cabaña; Proust, en la habitación tapizada de corcho.
Por otra parte, entre los itinerantes está Melville, a quien afincarse como un caballero en Massachusetts lo echó a perder, o Hemingway, Gogol o Dostoievski en vidas, por elección o por necesidad, fueron un permanente e impetuoso ir de un hotel a otro, de una habitación de alquiler a otra, y el último en una prisión en Siberia.
Por lo que me atañe (y por lo que me valga), he intentado escribir en lugares tan variados como una choza de barro africana (con una toalla mojada en la cabeza), un monasterio del Monte Athos, una colonia de escritores, una casucha en el páramo y hasta una tienda. Pero no bien llega la tormenta de arena, o comienza la estación lluviosa o un martillo pilón destruye toda esperanza de concentrarme, me maldigo y pregunto ¿qué estoy haciendo aquí, por qué no estoy en mi torre?”

Bruce Chatwin
Una torre en la Toscana






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