"Creo que existe una clara distinción entre lo que llamo “grupos mediáticos” y “grupos no mediáticos” o “de bajo perfil”.

Los grupos mediáticos son aquellos que bajo pomposos nombres y denominaciones buscan aparecer en los medios de comunicación social, ya sea mediante su principal exponente presentándose regularmente en matinales y otros programas de televisión, o logrando que algún caso “espectacular” que están investigando sea cubierto de manera casi siempre sensacionalista por los noticiarios (aunque posteriormente se concluya que el caso en cuestión tiene una explicación convencional).

Los grupos de bajo perfil son los que nacen al alero de pequeños núcleos de amigos, casi siempre jóvenes y generalmente de regiones, que se mantienen alejados de los medios y se dedican a investigar y a tratar de explicar, en la medida de sus posibilidades, los casos que conocen en sus comunas y localidades. No es raro encontrarse con que estas agrupaciones, o alguno de sus miembros, actúe como corresponsal o representante de algún “grupo mediático” capitalino en su respectiva región y son precisamente estas pequeñas asociaciones de bajo perfil las que descubren casos y realizan buena parte de las investigaciones que posteriormente presentan como propias las agrupaciones más rimbombantes o mediáticas.

Ahora, el aporte de los “grupos mediáticos”—si es que puede considerarse un aporte realmente—ha sido la divulgación de la temática OVNI ante la opinión pública a través de los medios de comunicación y de charlas o conferencias que organizan periódicamente. Manifiesto dudas respecto a si esto es un aporte o no, dado que la forma en que lo hacen no es de las más serias y en más de alguna oportunidad los ha dejado en ridículo a ellos y, por extensión, a todos los que estudian el fenómeno OVNI, porque el público no hace distinciones. Yo creo que todos los interesados en el tema recuerdan el caso de “Toy”, un supuesto “extraterrestre” al que se le dio amplia cobertura y que al final se concluyó que podía tratarse del feto de un marsupial llamado “monito del monte”. Y en el caso del “extraterrestre” del Parque Forestal, si en vez de tomarse una fotografía se hubiera tomado un video, seguramente habrían captado en él no sólo la imagen, sino también el ladrido del “visitante del espacio”.

Los grupos de bajo perfil, en cambio, a pesar de contar con menos recursos, han realizado seguimientos a interesantes casos regionales y hasta han llegado a explicar algunos. Un ejemplo de ello es el estudio de algunos avistamientos en Angol realizado por AIFOC (Agrupación de Investigadores del Fenómeno OVNI de Coronel), cuyas conclusiones fueron publicadas en su momento por La Nave de los Locos en un esclarecedor artículo escrito por Héctor Méndez.

Entre 1995 y 1997 pertenecí a dos grupos ufológicos. Durante esa época lo pasé bien, me reí harto y conocí a excelentes personas. Se trataba de entretenidas reuniones sociales, al estilo de un club, pero de investigación, nada. Por eso, más que por grupos, creo que los principales aportes a la ufología chilena en el futuro serán obra de individuos que investiguen casos OVNI y que compartan información y colaboren entre sí, como ya está comenzando a suceder.

En el caso de los “grupos mediáticos”, creo que lo único rescatable es que a través de sus labores de difusión—por muy mal hechas o mal orientadas que sean—pueden llegar a interesar a un niño por este tipo de fenómenos, y ese muchacho podría generar algún aporte futuro en este campo. Desde ese punto de vista, más que grupos de investigación, podrían ser considerados como grupos de “instigación” OVNI.

La labor de las agrupaciones de bajo perfil es interesante y pienso que ellos, junto a algunos investigadores independientes, son la punta de lanza de la ufología nacional y, aunque su aporte es modesto porque tampoco cuentan con recursos suficientes, dan un ejemplo inspirador.

A veces he anhelado que en Chile haya instancias como las que existen en el extranjero, aunque me he dado cuenta de que lo que hay afuera tampoco es la panacea. A principios de agosto de 2004 visité las oficinas del National Institute for Discovery Science (NIDS) en Las Vegas, Nevada. Se trata—¿o debería decir “se trataba”?—de un organismo abocado a la investigación de avistamientos de OVNIs y a las mutilaciones de ganado, más que nada. Es financiado por el multimillonario estadounidense Robert Bigelow y forman parte de su directorio, entre otros, el Dr. Jacques Vallée, el ex astronauta de la NASA Edgar Mitchell y el consultor en temas aeronáuticos John Schuessler, cofundador de la Mutual UFO Network (MUFON) y autor de The Cash-Landrum UFO Incident, libro en que recoge su minuciosa investigación sobre el caso Cash-Landrum.

El Dr.Colm Kelleher, que en ese entonces era el administrador del NIDS, me mostró las amplias instalaciones y oficinas del lugar, además de una impresionante y completísima biblioteca. Sin embargo, en octubre del año pasado NIDS anunció su cese temporal debido a “la escasez de casos significativos” para investigar y el Dr. Kelleher, que es bioquímico y biólogo molecular, abandonó NIDS y se fue a trabajar para una firma en la investigación del cáncer.

No me imagino a miembros de los grupos económicos Luksic, Angelini o Said financiando estudios en este ámbito, pero espero y confío en que con profesionales bien versados en literatura ufológica y una fuente de recursos adecuada, tendremos un mejor nivel de investigación OVNI en el futuro."

Patricio Abusleme Hoffman


"Debo admitir que conozco más sobre casos internacionales que sobre hechos nacionales, yo creo que en parte debido a que nuestra ufología nunca se ha caracterizado por generar casuística.

A la hora de evaluar, habría que decidir qué parámetros vamos a utilizar para considerar a un caso como “significativo” o “destacado”. ¿Será por la repercusión que genere en la opinión pública? ¿O por la publicidad mediática que se le dé? ¿O por la cantidad o calidad de los testigos? ¿O por el grado de extrañeza del evento (luz en en cielo, aterrizaje de un objeto extraño, presencia de entidades, efectos físicos causados por el fenómeno, relatos de amnesia y “tiempo perdido”, etc.)?

Sin embargo, como todos los interesados en esta temática, tengo algunos casos criollos “favoritos” que, personalmente, considero significativos, ya sea por el contexto en que tuvieron lugar, por la calidad y cantidad de los testigos, por sus características particulares y específicas, por sus elementos en común con casos ocurridos en otros países, o simplemente porque me despiertan un sentimiento que no logro situar bien, entre intriga y fascinación.
Siguiendo un orden cronológico, el primero de ellos fue una serie de avistamientos que tuvieron lugar en junio y julio de 1965 en la Antártida, donde personal de la base Pedro Aguirre Cerda avistó un OVNI que cambiaba de color y que, al parecer, fue fotografiado (aunque nunca he visto esas imágenes). Algunas de estas manifestaciones también fueron observadas por funcionarios de las bases antárticas de Argentina e Inglaterra.

El siguiente caso tuvo lugar en noviembre de 1968, cuando las hermanas Afrodit y Eugenia Lovazzano, de 12 y 9 años, respectivamente, avistaron de cerca una bola de luz en el sector de El Salto, en Santiago, en cuyo interior aseguraron ver a una “mujercita” que habría tratado de capturar a una de las niñas. Por supuesto, ellas pudieron haber inventado toda la historia, pero este episodio me llama la atención porque tiene aspectos en común con la aparición de la Virgen de Fátima en 1917 (las apariciones marianas siempre me han cautivado).

Luego está la “persecución noctura” de una luz al vehículo en que viajaban cinco conocidos artistas en Pampa Soledad, en agosto de 1974. La cantidad de testigos, la forma en que éstos reaccionaron frente al fenómeno, los momentos de terror vividos, los chilenismos involucrados y las experiencias personales y el cambio en su vida que dice haber tenido a posteriori uno de los testigos (Tito Fernández, “El Temucano”), hacen de este caso uno de los más sabrosos (al menos, para mí).

1977... a fines de abril de ese año tuvo lugar el encuentro del cabo Valdés y siete soldados conscriptos con dos OVNIs en Pampa Lluscuma, en las cercanías de Putre. Ese es uno de los avistamientos más famosos a nivel nacional, que en su momento impactó a la opinión pública.
En septiembre de 1978 sucedió un caso que me intriga bastante, en que una luz habría levantado de la carretera al vehículo en el que viajaban dos ocupantes que participaban en un rally por Sudamérica, para ser depositado más tarde a varios kilómetros del lugar. El hecho ocurrió en Argentina, cerca de la ciudad de Viedma, pero lo añado a mi recuento porque los protagonistas, Carlos Acevedo—fallecido hace años—y Miguel Ángel Moya, eran chilenos (Acevedo nació en Argentina, pero era hijo de padres chilenos y estaba radicado en Chile desde la década del ’60). Este episodio también es de interés por algunas anomalías que se detectaron en el vehículo luego de ocurrido el hecho.

Aunque el tema de Friendship no tiene una fecha única, muchos lo relacionan con agosto de 1985, cuando radioaficionados escuchaban a un supuesto habitante de la mítica isla anticipando las evoluciones de un objeto volador que acaparó las miradas de miles de chilenos en el que quizás ha sido el avisamiento más publicitado de nuestra historia (aunque existen argumentos de peso que identifican al fenómeno como un globo estratosférico).

Friendship es interesante por la forma en que ha sido manejado por algunos ufólogos (no sólo en Chile) y porque se han tejido muchas historias en torno al tema (se ha hablado desde “extraterrestres” hasta que se trataría de un grupo de científicos extranjeros, pasando por teorías que hablan de una secta o que más bien se trataría de un experimento sociológico). Se ha escrito y hablado mucho sobre el tema, pero, en mi opinión, se ha investigado poco. La producción del programa OVNI hizo un trabajo interesante al respecto y sorprendió in fraganti a un miembro del grupo que denominaron “Friendship 2” cometiendo fraude, pero, aparte de eso, aún no he visto una investigación en profundidad ni una respuesta satisfactoria para el caso en su conjunto, que involucra a varias personas, además de muchas horas de conversaciones grabadas entre radioaficionados y los supuestos Friendship. Me sorprende que aún no se hayan realizado avances básicos en la investigación del caso, como localizar el “Faro Mitagüe” (¿será que no existe realmente?) y el barco Mytilus II (al menos, no sé de nadie que los haya encontrado. Empiezo a pensar que “Mitagüe” y “Mytilus” se derivan de “Mito”).

Junto con el del cabo Valdés, creo que Friendship es uno de los casos que mayor interés ha despertado en la opinión pública, probablemente debido a la afirmación por parte de Ernesto de la Fuente, uno de los personajes más controvertidos de esta historia, de que habría sido sanado de cáncer por sus amigos de la isla. A mí me parece muy cruel y delicado jugar con la esperanza de personas que buscan una cura para sus enfermedades y por eso pienso que es necesaria una investigación en profundidad del caso y, ojalá, su esclarecimiento.

El supuesto estrellamiento de un OVNI en Paihuano en octubre de 1998 es interesante porque es más o menos actual, porque fue investigado en terreno por varios ufólogos y medios de comunicación, por las posibles explicaciones que puede tener y porque podría servir de paradigma para ilustrar cómo un caso puede tomar elementos de otro (contaminación informativa).

Recuerdo perfectamente cuando ocurrió el incidente de Paihuano, porque yo estaba en la Universidad y al escuchar las primeras noticias sobre el suceso sentí muchas ganas de viajar a la zona, pero me fue imposible porque mis responsabilidades estudiantiles me lo impidieron. Por lo tanto, no puedo confirmar ni desmentir las informaciones que existen sobre el hecho, pero sí me llama la atención que se hayan escrito cosas tan similares a lo publicado sobre Roswell. ¿Realmente hemos de creer que nuestro Ejército movilizó camiones para recuperar y llevarse el OVNI y que el caso fue encubierto por las autoridades militares chilenas, al más puro estilo de los supuestos UFO cover-ups norteamericanos?

A la hora de analizar el caso, hay que considerar que los mismos ufólogos que se movilizaron al lugar para investigar los hechos pudieron haber “importado” elementos de Roswell a lo sucedido en Paihuano. Antes dije que los ovnílogos chilenos, en general, son poco versados en literatura ovnilógica, y lo mantengo. Pero en 1998 existían por lo menos tres libros en castellano que trataban sobre el caso Roswell: El Incidente (Charles Berlitz y William Moore, 1981), Roswell, Secreto de Estado (Javier Sierra, 1995) y Caso Roswell ET Informe Final (Stanton Friedman y el equipo de redacción de la revista Conozca Más, edición argentina), que es una traducción libre de Crash at Corona (Stanton Friedman y Don Berliner, 1992), pues dejaron fuera algunos capítulos del libro original y añadieron material sobre el caso publicado en Conozca Más.

Si vamos aún más allá, podríamos decir que no sólo los ufólogos, sino los propios lugareños y testigos del incidente en Paihuano pudieron haber agregado, voluntaria o involuntariamente, elementos de Roswell, ya que en 1995 ese caso fue ampliamente cubierto por los medios de comunicación de todo el mundo a raíz de la fraudulenta “autopsia al extraterrestre” presentada ese año por el productor británico Ray Santilli."

Patricio Abusleme Hoffman



"La escritura de La noche de los centinelas fue un proceso muy largo, diez años, desde 2002 al 2012. Conocía el caso Valdés a través de literatura ufológica que leí de niño. Es con ventaja la abducción más famosa del mundo, al menos la más famosa fuera de los Estados Unidos. Siempre me llamó la atención que hubiesen tan pocas monografías sobre el tema. En Chile, solo se había publicado un libro, Ustedes nunca sabrán 57 , de Juan Jorge Faundes y sería. En 2002 me topé con un renacer del tema Valdés. Por una parte el especial que TVN realizó en el programa Ovni y meses después una entrevista exclusiva que el propio exmilitar dio a Pedro Carcuro, en el estelar de conversación De Pé a Pá, también de TVN."

Patricio Abusleme
Tomada del libro Alienígenas chilenos de Francisco Ortega





"Los que somos periodistas y hemos trabajado en medios de comunicación sabemos que el ritmo de trabajo en diarios y noticiarios de televisión es abrumador. Un día te puede tocar cubrir un accidente automovilístico, al otro día un asalto a un banco, al día siguiente una conferencia de prensa de tal o cual ministro y así sucesivamente.

Dentro de esa dinámica, los avistamientos, fotografías y filmaciones de OVNIs se cubren casi siempre en colusión con algún ufólogo o grupo, que se encarga de “filtrar” el caso a los medios. Los hechos son cubiertos con una gran dosis de sensacionalismo, porque los editores de noticiarios buscan sintonía. Un ejemplo de esto se puede encontrar en la cobertura noticiosa de los casos de “Toy”, del “alien” del Parque Forestal y del “esqueleto extraterrestre” hallado en la ex oficina salitrera “La Noria”, cerca de Pozo Almonte.

Si posteriormente no hay un seguimiento del caso a través de los medios, eso puede responder a varios factores:

- El editor de un noticiario podría no interesarse en la evolución de un caso, ya que sólo buscaba generar impacto y sintonía al cubrir inicialmente algún avistamiento (sensacionalismo).

- Debido a eso, al periodista que reporteó el hecho original le son asignadas otras pautas, por lo cual no pude ni pensar en hacer un seguimiento a un caso OVNI, que probablemente para él sólo habrá sido un trabajo más. Aquí hay que tomar en consideración que en los medios de comunicación masiva no existen periodistas especializados en ufología. Rodrigo Ugarte, de Megavisión, reportea avistamientos de OVNIs y hechos paranormales periódicamente, pero difícilmente podría decirse que está especializado en ovnilogía. Que yo sepa, el único que puede calificarse como tal y que trabaja en un periódico de gran tiraje es Diego Zúñiga, pero Diego muy rara vez ejerce allí su labor de ufología crítica, porque prefiere hacerlo a través de medios especializados.

- Muchas veces ha sucedido que el tema entra en la pauta informativa de un noticiario sólo para publicitar la conferencia de un determinado ovnílogo o grupo, por lo que un seguimiento no se hace necesario.

- Los propios ufólogos no realizan un seguimiento adecuado de los casos que “filtran” a los medios de comunicación.

Por lo tanto, creo que existe una responsabilidad compartida entre ufólogos y medios de comunicación en el no seguimiento de casos publicitados por televisión."

Patricio Abusleme


—Patricio, se te considera uno de los ufólogos más serios de Chile. ¿Hay en nuestro país otro caso ovni que involucre organizaciones de gobierno y que sea tan impactante como lo de Valdés?

—Lo de la Isla Robertson, sucedido en la Antártica en 1956 y que, en mi opinión, es incluso más espectacular que el caso de Valdés. Hago un paréntesis antes de continuar, porque una versión de los hechos sitúa esta experiencia en la isla Robert en lugar de la Robertson. Ambas son de origen volcánico, de una superficie aproximada a los trescientos kilómetros cuadrados y se ubican sobre el mar de Wedell, al noroeste de la Península Antártica y al sur de la isla Rey Jorge, donde está la Base Eduardo Frei Montalva, que es la principal instalación chilena en el continente antártico.

—Los eventos de la Isla Robertson son relativamente conocidos y tengo entendido que incluso hay una película en proyecto, que desarrolla el equipo que hizo la serie Gen Mishima, si no me equivoco. Ocurrió en el marco de las actividades oficiales de la Armada chilena para el Año Geofísico Internacional (1956-58). Dos científicos y dos oficiales navales fueron enviados a esa locación con el propósito de efectuar actividades científicas de diversas órdenes y disciplinas; desde geología y física hasta estudios radiactivos. Al ser dos de los testigos protagonistas, miembros de la comunidad universitaria, siempre reticente a todo lo que tenga que ver con ovnis, se pidió nunca revelar sus identidades, para evitar el desprestigio entre los colegas. Uno de ellos era un renombrado físico chileno, galardonado internacionalmente, al menos eso dicen los rumores. La Armada usó el mismo protocolo para proteger a sus dos oficiales.

—¿Vive hoy alguno de estos testigos?

—Uno. Y llevo años rastreándolo y convenciéndolo de que hable, manteniendo su anonimato. Quiero escribir una investigación completa respecto del Encuentro Cercano de Isla Robertson, como hice con lo de Valdés en La noche de los centinelas. De acuerdo al informe del caso, que se puede leer completo en el sitio de la CEFAA, durante tres días este grupo…

—¡A ver, espera! —lo detengo—. Me dices que esta gente tuvo una situación ovni que duró tres días…

—Exactamente, tres días, por eso es un caso único. Acá no fue una visión de un par de minutos o unas horas, fue una situación que se extendió por casi una semana laboral completa —ejemplifica—. Y, solo por eso, ya es mucho más interesante que lo del cabo Valdés.

—Ya lo creo.

—El caso es que, durante este periodo, el grupo estacionado en la isla Robertson fue testigo de la aparición de dos objetos cilíndricos enormes, que permanecieron posados a menos de 150 metros de la estación, lo que califica la experiencia como un Encuentro Cercano del Primer Tipo.

—Como en la película Arrival.

—¡Muy parecido a Arrival! —se entusiasma Abusleme—. Cuando vi ese filme se me pasó de inmediato por la cabeza la idea de que el director Denis Villeneuve, o el autor del cuento original, había tenido acceso al Caso Robertson. Pero bueno. Durante los tres días, que duró el incidente, el personal científico y militar de la isla pudo hacer mediciones, estudios radiactivos e incluso aplicar el método científico a la observación, una cuestión inédita en la casuística ufológica mundial. La expedición poseía dos detectores Geiger-Miller de alta sensibilidad, uno de audio y otro de centelleo. Cuando los objetos aparecieron, se percataron de que el detector de centelleo revelaba que la radioactividad ambiente había aumentado cuarenta veces. Es decir, podía producir la muerte a un organismo sometido a ella por un periodo prolongado. La conclusión fue que se trataba de dos objetos sólidos, de casi doscientos metros de largo… o de alto, porque las naves permanecieron en vertical, como torres.

Abusleme y yo recordamos la teoría de nuestro compatriota Ricardo Santander Batalla en ese clásico del misterio local que es ¿Fue Jehová un cosmonauta?, libro que se adelantó cuatro años a las “vacas sagradas” del género, como todo lo publicado por Erich Von Daniken. En el texto, Santander Batalla habla de los clásicos ovnis en forma de cilindro o cigarro, que dado su tamaño serían naves nodrizas. De acuerdo a su hipótesis, estas “fortalezas volantes” podían estacionarse en vertical y rodearse de anillos energéticos, siendo el posible origen para las columnas de fuego que guiaron a Moisés y al pueblo hebreo durante el éxodo de Egipto.

—¿Hubo registro físico de lo ocurrido en la isla Robertson? —le pregunto a Patricio.

—Incluso se sacaron fotos y se filmaron minutos de película, pero estas fueron enviadas a Estados Unidos, junto con todos los estudios realizados. Nunca más regresaron —acota Abusleme con desgano—. Imagino que aún han de estar en los expedientes secretos del ATIC de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, en la base Wright-Patterson en Dayton, Ohio, sede del mítico Hangar 18…

—El de la canción de Megadeth y los X-Files.

—Básicamente el Área-51 de la costa este.

Patricio Abusleme
Entrevistado por Francisco Ortega
Tomada del libro Alienígenas chilenos de Francisco Ortega


"Pienso que el tema OVNI es de interés para toda persona medianamente curiosa, no solamente en Chile. El problema es que nuestro país tiene claras falencias en cuanto a investigación si lo comparamos con otros países.

¿Te has fijado que en Chile hay relativamente pocos textos ufológicos nacionales? Parece haber bastantes ufólogos (aunque varios de ellos no sepan mucho de ovnilogía), pero producimos muy poca literatura OVNI, y lo que hay es de una calidad y profundidad inferior que lo que existe en el extranjero. Me refiero específicamente a la edición y publicación de libros sobre el tema.

Por supuesto, siempre podemos encontrar honrosas excepciones, como Los Sin Nombre, de Willy Wolf y Manuel Sáenz—que además fue el primero o uno de los primeros libros sobre OVNIs escritos por chilenos—, entre otros, pero creo que la mayoría de los estudiosos coincidirán en que nuestra producción literaria ufológica es menor a la de otros países, tanto en cantidad como en calidad de contenidos.

En Chile tenemos algunos casos bien interesantes, pero, a diferencia de los colegas en el extranjero, la ovnilogía local parece preferir cubrirlos someramente en reseñas para ediciones especiales de revistas como Conozca Más, en vez de investigar en profundidad y escribir in extenso sobre ellos en libros.

Varias veces me he preguntado por qué sucede esto y creo que la respuesta es simple: nuestra “producción ufológica” como país es un reflejo fiel de lo que somos como investigadores.

Por ejemplo, sé de dos ufólogos, fundadores de dos de los grupos más conocidos a nivel nacional, que, al menos hasta julio de 2003, se presentaban públicamente con títulos profesionales que no habían obtenido.

“¿Y qué puede importar eso en términos prácticos?”, se preguntarán algunos. Pues que su poca solvencia académica se ha hecho sentir en los aspectos más básicos. Me serviré de dos ejemplos para ilustrar este punto.

En abril de 1996, uno de ellos, a quien llamaré “Código Alfa” (a algunos de los que se mueven en nuestro mundillo ufológico les encanta dar ese tipo de apelativos a miembros de sus grupos o a corresponsales regionales), escribió un artículo de prensa sobre el caso del cabo Valdés en un periódico de circulación nacional, citando al protagonista de la historia como “Arnaldo Valdés”, cuando todos sabemos que el nombre de pila del suboficial Valdés es “Armando”.
A mediados de ese mismo año, el otro ufólogo, a quién denominaré “Código Omega”, redactó un texto para una edición especial de la revista Conozca Más, donde destacaban su reseña en la portada con un título que decía algo así como “Ovnis en Chile, los 10 casos más sorprendentes”. Al comienzo de su trabajo mencionó al “astrónomo y matemático Dr. Jack Vallee”, pese a que el nombre del autor de Pasaporte a Magonia es Jacques Vallée.

Todos somos humanos y nadie está libre de cometer errores, pero creo que un investigador que se considere serio y riguroso debería tener la deferencia de escribir correctamente el nombre del protagonista de uno de los casos OVNI más famosos de su país, así como el de uno de los ufólogos más influyentes y respetados del mundo. Pero los ejemplos que acabo de citar sólo dan cuenta del nivel de ufología que tenemos.

Quiero aclarar aquí que no tengo nada contra quienes no tienen títulos universitarios, ya sea porque no han terminado sus carreras o porque no han tenido la oportunidad de estudiar. De hecho, he conocido a excelentes investigadores que no han seguido carreras universitarias, pero que no por eso han dejado de cultivarse, tanto en literatura ufológica como en otras materias.

Si seguimos escarbando, encontramos varios ejemplos más que ilustran el bajo nivel de ovnilogía que tenemos, pero hay uno en especial que me llama la atención. Un divulgador nacional aparece regularmente en un programa de televisión nocturno que goza de una alta sintonía, a pesar de que me ha confesado que ha leído poco sobre OVNIs y que no quiere leer, porque no quiere “contaminarse” informativamente. Aunque respeto su decisión, no la comparto en lo absoluto. Es bueno tratar de mantenerse fresco y original, pero creo que la lectura de libros sobre una determinada disciplina es fundamental para poder interiorizarse en ella.

¿Te imaginas que alguien que quiera ser historiador se negara a estudiar los hechos del pasado, con la excusa de no querer “contaminarse” con esa información y de ese modo enfrentar los eventos del futuro de una manera más imparcial? Evidentemente que eso sería un gran error, al igual que lo es en el ámbito de la ufología, aunque ésta última sólo sea, como mucho, una disciplina.

Es bueno ser entusiasta y generar proyectos, pero también es bueno tratar de armarse de una base teórica sólida para poder contar con mejores herramientas y elementos de juicio a la hora de abordar un caso o entrevistar a un testigo. Hay algunos que le han visto una veta comercial al tema y, sin saber mucho de ufología, se han lanzado con empresas de turismo OVNI, declarando a tal o cual localidad “capital OVNI” e incluso llegando al absurdo de trenzarse en discusiones mediáticas con otras agrupaciones que ya habían declarado “capital OVNI” a otra ciudad. Pero, nuevamente, eso sólo ilustra el nivel de ovnilogía que tenemos.

Me da la impresión de que gran parte de nuestros ufólogos sólo han leído uno que otro libro de Juan José Benítez, alguno de Don Antonio Ribera y quizás las versiones en castellano de Intruders, de Budd Hopkins, y de Abduction, del Dr. John Mack (si es que han leído algo). Pero estoy convencido de que la lectura de más libros y de una mayor cantidad de autores es importante, aunque sé que esto es bastante difícil, porque cuesta encontrar clásicos de los ’60 y ’70; porque en Chile no existe la variedad de títulos que pueden adquirirse, por ejemplo, en España, México o Argentina; porque aquí tampoco es fácil conseguir libros en inglés y porque, aún si se tuviera a mano libros en inglés, creo que no son muchos los ufólogos que manejan ese idioma como para poder leerlos. La barrera idiomática también ha sido un problema para mí, porque me encantaría leer los trabajos de Bertrand Méheust y de otros autores francoparlantes, pero no sé francés, y aunque entendiera ese idioma, nunca he tenido la suerte de encontrar un libro del folclorista y etnólogo galo (ni en francés, ni en inglés, ni en castellano).
Yo mismo, que me considero razonablemente versado en literatura ufológica, he descubierto que sigo siendo muy ignorante al respecto porque no había escuchado nunca sobre varios autores que tienen cosas muy interesantes que decir y que recién estoy comenzando a conocer gracias al trabajo de La Nave de los Locos.

Ahora, respondiendo a tu pregunta, yo creo que Chile sí es un “país ufológico”, en el sentido de que a los chilenos les intriga y les interesa el tema. ¿Ejemplos? En alguna oportunidad la gente llegó a atiborrar un espacio en el que se presentó el ecuatoriano Jaime Rodríguez, a pesar de que como ufólogo deja mucho que desear. También tienes el caso de la revista Conozca Más, que cuando publicó sobre la “autopsia trucha” al “extraterrestre” de Roswell (con video incluido, si mal no recuerdo) agotó su primera edición y tuvo que sacar una segunda. Según entiendo, los libros de Juan José Benítez se han vendido bien entre los chilenos desde la década del ‘80. No tengo a mano los registros de sintonía del programa OVNI, que fue emitido hace algunos años por TVN en dos temporadas, pero creo que tuvo un buen rating.

Entonces, tenemos una opinión pública quizás no ávida, pero sí interesada en el tema. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en otros países, nosotros carecemos de un sustrato ufológico nacional que sea capaz de satisfacer ese interés de manera profesional, honesta y no sensacionalista."

Patricio Abusleme Hoffman


















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