FIESTA

Suave el toque a la puerta. Luego mi voz preguntando por mí.
Mi voz, queda, diciendo todo listo: música, bebida...
y todo mundo entró en fila, bailando, formando una rueda, adelante, adelante,
arriba,
abajo,
vuelta.

Me sorprende, realmente, el inútil sigilo inicial, la exagerada e igualmente tonta preparación de nada.
Máscaras de siempre en caras conocidas, movimientos nuevos que siguen de cerca
sus mismas rutinas:
fotos con los poetas, con los artistas plásticos,
por acá los músicos, actores, bailarinas,
los tipos de la prensa.

Se encienden las velas. No quiero apagarlas.
Si soplo desearé quemar la ausencia
de todos, y anunciar que, no sé,
que tiene la noche un árbol , que todo lo que damos sale de lo oscuro, que el arte nos
deja helados,
y anunciar que es seguro que el origen del dolor de cada uno es la cereza en el
pastel;
y hay una bella imagen de mi suciedad en sepia descrita en un poema,
y en un cuadro abstracto se ve claramente cómo un niño es adulto forzado,
y en un monólogo un actor vomita el trote del deseo que entró raudo también
a su inocencia,
y una bailarina se mece como un fruto aún tierno en el extremo lejano del brazo de
un tipo muy alto.
¡Alto!
¿Qué pasa? ¿Quién discute? ¡No, no, no! ¿Quién sangra?
¿Quién quebró el espejo?
¡Momento, momento! ¿He dicho espejo?
¿Vi, acaso, el reflejo de mi rostro en algún lado?

Una sombra de imagen hizo nido en el silencio.

De un sólido sueño salido el recuerdo es una lengua, una llama que me quema, que me lame la memoria.
—Aquí me quedo —digo, grito, escribo en voz alta. Golpeo las teclas,
golpeo,
golpeo,
no puedo escribir en voz profunda,
en letra con poder de perforar,
de llegar al pasado y quitarme las manchas.

Nada quedo quedó el ruido, los dedos golpeando el recuerdo indeseado que emite el
sonido que llama y quema en la memoria.

Aquí no ha pasado fiesta,
que siga la nada.

Eduardo Hidalgo



NADA REAL

A Luis Fernández

No se piensa en nada real
Ni en la tierra ni en el cielo
Ni en el eco o el silencio
PIERRE REVERDY


Desde el recuerdo de un sueño, de algo oculto, la voz cae, derramada de su
angustia, desprendida de su propio giro.
Cuando él busca las palabras que lo nombran, disfraza el hecho, desvirtúa el
desgaste en el borde del aura donde irrumpe el ataque;
en su espejo persiste la costumbre y revierte lo visible en un sentido:
—Soñé esto —se dice—, soñé aquello.
Y su mano se mueve en un trayecto conocido que forma un signo de
protección;
y su mano se mueve nuevamente y dice hola o adiós, según el caso;
y su mano lo mueve nuevamente a crear sobre el blanco, y la página sube e imágenes bajan y caen
y bajan
y caen
y piensa en la noticia,
en la madre y los otros dolientes,
en cómo se verán frente a las cámaras,
y en negros atuendos bien lucidos que les sientan como nunca.

Ah, pero esto no iba así, no era esto de lo que se hablaba.

Si la risa no era orilla hacia la cual nadar, todo esto se trataba de un acto de
magia en busca de un modo de realizar lo irreal.
Quería una nota alargada,
no una espina clavada.

Podría dejarlo así e irse a dormir. Sí, que lo haga:
la voz sin origen aparente provocará un desfase en la siguiente espera.
No habrá palabra rebotando en el espejo, no habrá espejo presente. Habrá
silencio y nada que le oponga resistencia.
Ahora se levanta.
Las cosas se animan, actúan, mas él sabe nada,
nadie sabe nada:
nada sabe la vena de la hoja que la anhela,
no le sabe a veneno la ración de vino,
la acera distante y la sangre se ignoran.
Todo es nada.
La voz lo sabe,
la tierna voz que lo llama y le promete nada para siempre.
La voz, la voz, la situación,
las palabras
pintadas por la voz
en su cabeza.

Eduardo Hidalgo


NUBES (I)

A Gustavo Ruiz Pascacio

A las 10:20 de la mañana del día 3 de abril,
instalado en la espera de que caiga alguna idea
percibo una realidad:
dos nubes me miran,
me admiran,
se admiran de mí.
Las oigo hablar,
decir que soy irrepetible,
que la postura que adopto en el balcón nunca es la misma
para la siempre diferente manera de mirarlas.
Que la postura que adopto en el balcón
nunca es la misma.
Que la postura, que el balcón, que la mirada...
Pobres nubes de ciudad que no me saben leer.

Eduardo Hidalgo




Un hombre que cae está enfermo de gravedad

A Raúl Ruelas, in memoriam

—No sólo la altura; tan importante o más es el prestigio del lugar desde donde se salta a la muerte. CARLOS FUENTES

Eso que todos vimos
fue un hombre cayendo,
precipitando un encuentro
con la dura realidad.

Lo que todos presenciamos
fue el cuerpo
de un hombre impaciente
volando a una cita
con el pavimento.

Eso que yo vi,
lo que llenó mis ojos
¿fue un hombre
(o fue un fruto aún verde)?
¿Por qué no fue todo
como en un cuento?
¿Por qué el aire
no se hizo más denso?
¿Por qué
no se volteó el mundo
una fracción
milésima
de tiempo,
el tiempo
suficiente
que frenara
su caída
para empezar
de cero?

Muchos de nosotros ofrecimos
mentalmente y de manera expresa
una hora,
un día,
hasta un año de vida
para que el hombre siguiera
en el vacío,
no lo tocara la muerte
de forma tan dura;
y
todos
vimos
con horror
el ímpetu
ganado
por el cuerpo.

Realmente
la imagen
ganó peso:
subió el rating,
y la caída sigue
y sigue
y sigue
en programas de aniversario,
en recuentos orales
del hecho,
en notas de diarios,
en fotos,
en malos sueños,
en este texto
que ahora escribo
sobre un hombre
al que nunca vi
tocar
el
suelo.

Eduardo Hidalgo


II.
A Violeta Pinto

Voy a escribir un texto al que pondré por título
DECORACIÓN DE INTERIORES
Empezaré el poema con un clavo
cuya punta colocada en el lugar exacto
conocerá un sitio profundo
cuando tiempo y palabra golpeen su cabeza
con la fuerza y la pericia necesarias,
con toda la conciencia en mi interior.

Que sea una serie de poesía decorativa.
Cerraré este poema en el momento
de colgar el retrato de Eva
en el clavo clavado con firmeza
en la mejor
de las paredes
de mi corazón.

Eduardo Hidalgo




VISIÓN DE NUEVA YORK

I
(Una Gran Manzana)

Vidrios rotos
que implican desperfecto en algún lado,
mala suerte de la mano ejecutora.

Unos frente al televisor, otros frente a las cámaras
hablemos ahora mientras pasan las horas,
mientras pasa el gran desfile del azoro,
mientras cae la sombra de la consecuencia
sobre el hecho.

Alguien soñó ya esto,
alguien vio en esto el principio del gran cambio.
¿Pero qué es “esto”?
¿Alcanzar el cielo?
¿Entrar al éter desde el ojo ínfimo del que está abajo?
Tocarlo,
sí, pero no de esa manera.
Cielo roto desde donde ahora se desploman esos sueños.
Sueños rotos después de reflejar lo no deseado.

Dos columnas de humo se levantan
bajo el azul
donde el sofocamiento enciende a la Muerte,
donde despierta su ira;
poco a poco o de prisa —no sabemos—
se irá la Muerte precipitando fuera
por las costuras rotas de esos sueños.

Hay un ir y venir de sirenas sobre el delirio de esta hora,
delirio en que se invierten los silencios.

La calle derruida se levanta
de sus pasos y viene,
mansa,
a sobarse el lomo en el recuerdo
de la noche de ayer. Ahí adentro,
en el centro, en el blanco,
hay insomne ciudad que da por hecho
su avance hacia una intacta
y perfecta mañana.
Véanla todos ahora:
mañana incosturable que se roe a sí misma:
manzana gigantesca
y animal terrible e impreciso
unidos en un vidrio fragmentado.

Eduardo Hidalgo






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